Errante por caminos sombríos y alegres, he vuelto a casa. Cansado del viaje, mi corazón se alegra de ser él mismo. El Zen no me aleja de mis raices, aquí sentado con mi maestro, Cristo.

Santa María

domingo, 4 de marzo de 2012

Tara


Estad en guardia, para que nadie os engañe diciendo, “¡Mira aquí!” o “¡Mira allá!” Porque el niño de la verdadera Humanidad existe dentro de ti. ¡Síguelo! Aquellos que lo busquen lo encontrarán.
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Estas palabras son meridianamente claras. Están en el Evangelio de María Magdalena, un Evangelio gnóstico, recompuesto en parte sobre la base de unos pergaminos casi deshechos del siglo II. En esas palabras Jesús no puede ser más claro.

Mira aquí o mira allá es lo que la mente nos está diciendo constantemente. Y no resulta fácil (es casi imposible, de hecho) no dejarse distraer por ella. La mente está todo el tiempo pasando de un lugar a otro, también durante los periodos de meditación. En el zazen somos especialmente conscientes de ello.

De hecho, cuando mi maestro Tangen Harada Roshi me dijo como practicar shikantaza, no entendí gran cosa. Había una traductora al inglés, pero no intervino prácticamente porque Harada Roshi se expresó en esa lengua, que hablaba bastante mal. “Shikantaza es el universo entero” recuerdo que dijo, e hizo una expresión de abarcar el universo con sus brazos. Pero no me dio ninguna pista sobre como hacer shikantaza.

Por eso, cuando me senté luego, me encontré perdido. No sabía que hacer. El que shikantaza fuese el universo entero, no era ninguna ayuda, más bien al contrario, era una especie de desbarajuste mental. Pensar en ello, solo era echar mas leña al fuego de los pensamientos. No pensar en ello era simplemente dejar vagar la mente en otras cosas. De hecho no se ni nunca he podido saber como practicar shikantaza.

Es fácil centrarse en la respiración, especialmente si uno la cuenta. Esa fue mi práctica al principio, cuando empecé con el zen, y contar las respiraciones fue de una gran ayuda. El niño de verdadera Humanidad, el que está dentro, incluso puede aparecer contando contigo, quizás como una simple y pasajera experiencia, pero suficientemente clara. Todo lo que he podido obtener con el Zen son experiencias pasajeras, aunque totalmente claras, algunas de ellas. Y la primera vino, precisamente contando las respiraciones (una vez hablé de ello en un post).

Desde luego, el método que yo aconsejo siempre es el koan. Varias veces, personas que conozco que tienen algún momento de sinceridad, han venido a mí (sabiendo que yo practico el budismo o el zen) y me han hecho a veces preguntas sobre qué hacer para sentirse mejor. Sentirte mejor es lo de menos, les digo, lo que importa es saber quien eres. Y entonces les digo que se hagan la sencilla pregunta ¿Quién soy yo?

De hecho el koan Mu es esa pregunta, aunque quizás de otra manera. Si te preguntas una y otra vez qué es Mu, la atención de la mente se afila hasta llegar a cortar como un cuchillo. Yo lo experimenté, y fue algo que no podré olvidar mientras viva. Cuando el pensamiento empieza a transcenderse, aparece una clara sensación de miedo. Es miedo a la muerte, clarísimamente, como si fueses a irte de este mundo.

De hecho, el niño de la verdadera Humanidad, que tenemos dentro (según dice el mismo Jesús) nos llama y nos dirige de un modo que no podemos imaginar. De hecho, recuerdo que, cuando estaba ya a punto de trascender el pensamiento, y hacerme uno con Mu, lo que impedía que llegase a ello era el propio esfuerzo. Entonces un pensamiento vino a mi mente “no lo intentes tanto, Gerón”

Gerón era un personaje que hacía Jerry Lewis en una película, y era un vendedor que intentaba tanto vender, que al final lo estropeaba todo. Entonces su supervisora le gritaba “¡no lo intentes tanto!” La voz que venía a mi mente me decía eso mismo, y luego solamente decía “Gerooooooooonnnnnnnnn…..” No era un pensamiento en el sentido corriente, puedo asegurarlo ahora. De hecho esa voz interior venía del niño de la Humanidad, el verdadero yo.

La pregunta fue todo para mí. Siempre lo ha sido. La pregunta te la tiene que dar alguien, un maestro. Si no, no la tomas en serio. No es uno mismo el que decide lo que tiene que hacer, sino que es el maestro el que lo hace. Si no, uno cambia constantemente de práctica, va de aquí para allá, y eso es precisamente de lo que nos alerta Jesús. Mira aquí, mira allá… Entonces estamos en un estado de confusión lamentable. Pero si recordamos lo que el maestro nos dijo, volvemos a ello una y otra vez.

Lo último que el maestro me dijo que practicase shikantaza, y eso he hecho durante años, pero llegué al punto de que ya aquello no era práctica, solo estar perdido en pensamientos. Entonces me acordé que Harada Roshi me preguntó quien había sido mi primer maestro, y me dijo que volviese con él. En aquel momento le dije que mi primer maestro había sido Ana María, pero en realidad no era así. Mis primeros maestros fueron los lamas del Tibet. Así que después de estar perdido durante años, hice lo que Harada Roshi me dijo: regresar a mis primeros maestros.

Bueno, ellos ya están muertos, y algunos reencarnados. Ya no se trata de encontrar personas, sin embargo, sino de regresar a los compromisos adquiridos en aquella época, compromisos tántricos. Siempre han estado en mi mente, diciéndome una y otra vez que volviese a ellos, y ahora estoy de nuevo con mi deidad Tara. Es sin duda la deidad que me guía, aunque parezca algo trivial. La deidad Tara es en cierto modo la Virgen María, la madre de los budas. Es Kanzeon en Japón, Kannon en China y tiene otro nombre en tibetano. Tara es el nombre sanscrito, y su mantra OM TA RE TU RE SO HA.

domingo, 26 de febrero de 2012

Del Evangelio de Maria Magdalena


Pedro le dijo a Jesús, “Puesto que nos lo has explicado ya todo, dinos esto: ¿Cuál es el pecado del mundo? El Salvador dijo, “El pecado como tal no existe, sino que pecáis cuando hacéis aquello que es de la naturaleza de la fornicación, lo cual se llama ‘pecado’. Por esta razón lo Bueno vino a vosotros, a la esencia de cada naturaleza, para restablecerla a sus raíces”

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El pecado como tal no existe. Es una idea totalmente desconocida en los otros evangelios, y que nos lleva a otra manera de enfocar la religión. En el budismo, el pecado tampoco existe, sino que existe el karma. Las acciones, palabras y pensamientos son como semillas plantadas en la mente, que fructifican en su momento. No es que seamos castigados por Dios, sino que lo que tenemos en nuestras mentes da el fruto correspondiente. La pregunta que me hago, ¿es eso lo que dice Jesús?

Jesús dice a sus discípulos que se peca cuando hacemos aquello que es de la naturaleza de la fornicación, lo cual se refiere en mi opinión a hacer aquello que viene de nuestra naturaleza corporal (la que proviene de la fornicación, lo creado) o naturaleza condicionada, es decir, aquella que depende de causas y condiciones. Cuando actuamos en el plano de lo condicionado, pecamos. No dice que pecamos si hacemos algo contra la ley de Dios, sino más bien que cada vez que nos alejamos del Espíritu, entramos en el mundo del pecado. Hagamos lo que hagamos, sea bueno o malo, pecamos si lo hacemos proviene de la naturaleza de lo condicionado.

Pero lo Bueno (con mayúsculas) vino a nosotros, para restablecerla a sus raíces. Lo Bueno, está en nosotros, pero nosotros lo ignoramos. Lo Bueno es la Naturaleza Esencial, y vive dentro de cada uno de nosotros. Hasta que no somos conscientes de esa naturaleza, vivimos en función de lo condicionado, y vivimos en constante pecado. El pecado es pues vivir de espaldas a nuestra verdadera naturaleza, pero si nos volvemos hacia ella, entonces no vivimos en pecado.

Esta idea me sorprende sobre manera, porque es precisamente la que se adapta a la experiencia budista, en la que encontramos nuestras raíces gracias a la práctica de la meditación. Una vez llegamos a desvelar nuestra Naturaleza de Buda, y somos conscientes de la misma, el pecado desaparece. Vivimos en gracia de Dios, en su presencia. Así que según estas palabras de Jesús en el Evangelio apócrifo de María Magdalena, no debemos preocuparnos de vivir de acuerdo con unos mandamientos impuestos desde fuera, sino de encontrar lo Bueno que existe en nuestras raíces, y todo lo que hagamos no será ya pecado.

Sin embargo, esto tiene un peligro. Creer que hemos encontrado las raíces y vivir en una anarquía espiritual, puede ser una enfermedad. De hecho, se la conoce en el Zen como la enfermedad de la iluminación, y es algo que afecta más de lo que creemos a los que practican el Zen. Muchas personas llegan a una experiencia de despertar, y a partir de ahí desarrollan un ego iluminado, llegando a creer que han alcanzado la iluminación y son por tanto libres. Muchos maestros Zen o lamas tibetanos han caído en extremos, debido a ello. Pensando que ellos están fuera del pecado, han realizado cosas poco éticas, como adulterio o cosas similares, lo que no es precisamente una buena manera de manifestar la mente iluminada.

En mi opinión, la mente iluminada se pone de manifiesto precisamente siguiendo de un modo natural los preceptos, sin tener que estar preocupados por ellos. La mente iluminada madura lentamente, por lo que en un principio la ética es algo que sigue siendo impuesto. Los diez preceptos del budismo, o los mandamientos cristianos pueden ser indistintamente algo que puede tomarse como una guía de conducta. Pero cuando la mente de la iluminación va madurando, es posible ver que los preceptos no son impuestos, sino que provienen de nuestro interior.

“La ética de la naturaleza esencia, dice un texto de un maestro zen, es como una piedra preciosa prendida en el fondo de mi corazón” Personalmente veo una concordancia asombrosa entre estas palabras y las expresadas por Jesús: “El pecado como tal no existe, sino que pecáis cuando hacéis aquello que es de la naturaleza de la fornicación” Pero entrando en lo Bueno que hay en nosotros, salimos del pecado. No hay pecado en aquellos que se vuelven hacia sus propias raíces. O como dice otro texto Zen: “Los que se vuelven hacia dentro y dan fe de su naturaleza propia, van mucho mas allá de las meras doctrinas”

Jesús no da una doctrina, en este Evangelio. Por el contrario enseña a volvernos hacia nuestras propias raíces: “Por esta razón lo Bueno vino a vosotros, a la esencia de cada naturaleza, para restablecerla a sus raíces” Volver a lo Bueno, es por tanto el camino.

martes, 21 de febrero de 2012

El Evangelio de Judas


Jesus said, “[Come], that I may teach you about [secrets] no person [has] ever seen. For
there exists a great and boundless realm, whose extent no generation of angels has seen,
[in which] there is [a] great invisible [Spirit],
which no eye of an angel has ever seen,
no thought of the heart has ever comprehended,
and it was never called by any name.

Estas son las palabras de Cristo a Judas Iscariote, en el recientemente publicado Evangelio de judas. La forma en que ese Evangelio fue descubierto, y fue estudiado y publicado, es relatada por National Geographic en un vídeo que se encuentra en Youtube. El Evangelio vio la luz hace solo unos años, en el 2005, y puede parecer algo así como una invención moderna, pero tras las pruebas del C-14, se sabe que esa copia proviene del siglo III. Posiblemente el original tenga más años.
Ese Evangelio tiene ciertas características que lo hacen chocante. En ellas, Jesús ríe mucho. Una de las cosas que más llama la atención son sus carcajadas. Se ríe cuando ve a sus discípulos preocupados por cosas que él no considera importantes. Otra de las cosas que llama la atención es que aparece a veces ante sus apóstoles en la forma de un niño, no de un adulto. Además, Judas no es el malo de la película en ese Evangelio, sino alguien que actúa como un traidor por expreso deseo de Jesús. Judas resulta ser el discípulo más avanzado del grupo.
Las palabras que pongo al principio provienen directamente de la publicación hecha por National Geographic. El original está escrito en copto antiguo, y los arqueólogos descubrieron que tenía el mismo estilo que los manuscritos del Mar Muerto, atribuidos a gnósticos cristianos de los primeros siglos. Seguramente fue utilizado por miembros de alguna de las escuelas gnósticas de la época, hasta que fue prohibido por San Ireneo de Lyon, quien mandó destruir todas sus copias. Excepto esa, no existe ninguna otra. De esa copia se ha logrado salvar el 85% del original. El resto, se ha perdido para siempre.
Me llama la atención profundamente las palabras de Jesús: “Ven. Te enseñaré secretos que nadie antes ha visto. Porque existe un gran reino sin límites, cuya extensión ninguna generación de ángeles conoce, en el que existe un gran Espíritu Invisible”. Esas palabras se las dice a Judas, quien parece ser el único discípulo preparado para tener tal experiencia. Esa experiencia no es otra (a mi juicio) que la misma Iluminación. Al menos, la Iluminación tal y como yo la saboreé hace ya largos años. (Y aquí tengo que aclarar que saborear la Iluminación no significa ser un iluminado como, sin la menor duda, era Cristo. Saborear la iluminación es solo tener una visión fugaz de aquello hacia lo que nos dirigimos)
Tengo para mí que tal Iluminación es la misma que la del budismo, pues las palabras que siguen así lo expresan: “…que ningún ángel ha visto jamás con sus ojos, ningún pensamiento del corazón ha alcanzado jamás, y no ha sido llamado jamás por ningún nombre” Esa experiencia (tengo para mí) es la experiencia del No Saber, que en el Zen se conoce como el Origen de Mu. Sinceramente, no queda ninguna duda en mi corazón al respecto.
En ninguno de los Evangelios Canónicos queda claro cuál es la experiencia de Jesús, a qué se refiere con las enigmáticas palabras “mi reino no es de este mundo” No aparece ninguna descripción del mismo, ningún pasaje que aclare a qué puede referirse. Es en este Evangelio apócrifo, rescatado milagrosamente de su destino (fu encontrado en una gruta, usada como cementerio, dentro de un cofre de piedra) Allí fue depositado sin duda por alguien que quiso que descansara junto a su dueño, o quiso librarse de él, por haber sido prohibido su uso (pero por alguna misteriosa razón, decidió librarlo del fuego)
Y así hoy podemos saber que Cristo transmitió a su discípulo Judas Iscariote la misma experiencia que Buda transmitió a Mahakasyapa. O así es como yo lo interpreto. Y si así fuese, nos encontramos con que el continuador del linaje fue, no Pedro, sino ¡Judas Iscariote! Bien, tomemos aire. Hay cosas que requieren un tiempo para ser asimiladas.

miércoles, 25 de enero de 2012

Hasta si bebemos veneno, él sigue tranquilo

El sonido de la campana
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Jesús bien pudo ser un bodhisatva, un hombre realizado. No digo un buda, un buda es otra cosa. Yo creo que nadie es un buda, ni siquiera Buda Shakyamuni. Se me antoja que un buda es alguien que se va, y ya no vuelve, alguien que dice “adiós, hasta aquí he llegado, ahora me voy a la clara luz para siempre”. Entonces se va y no vuelve, aunque siempre está, porque la clara luz no desaparece. Eso es lo que se llama dharmakaya, en el budismo. Pero Jesús no se va para no volver, él no dice “adiós”, sino “hasta luego”

Antes de partir, va a los once discípulos y les dice algo sumamente enigmático: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” Esto es lo que la Iglesia Católica y todas las demás iglesias cristianas consideran como una orden, para ir y evangelizar a todo el mundo.

Tal y como toman la cosa, es que uno debe creer. ¿Creer en qué? En la buena nueva, pero no queda muy claro lo que es. Se dice que la buena nueva es que Cristo nos ama, que ha vencido a la muerte etc. Entonces uno debe creer y salvarse. Uno debe tratar de creer a toda costa, pues hay mucho en juego. Y, así, hay quien por miedo a condenarse puede aferrarse a una creencia que cada vez se le hace más y más difícil de aceptar. Y puede que por mucho que quiera, un día se mire a sí mismo y reconozca que no cree en nada de eso.

Los hay que huyen hacia delante, tratando de hacer conversos allá donde van. Muchas veces son sacerdotes, que se encierran más y más en sus viejas creencias, tratando de apartar cualquier otra cosa de sus mentes. Sus mentes deben estar llenas de dudas, y para evitarlas, escriben libros o escriben blogs, y allí reflejan una mente dura y cortante, egoísta en el fondo, rechazándolo todo excepto aquello que denominan la “sana doctrina”.

Pero ellos tampoco creen. ¿Cómo lo sé? Porque Jesús dijo algo más a sus once discípulos: “Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” O sea, nadie cree. Ni siquiera el Papa es capaz de hacer tales prodigios, por tanto, quedémonos tranquilos. No creemos. Si creyésemos haríamos todas esas cosas, y no somos capaces de hacer ninguna.

Por tanto, estamos condenados, no hay la menor duda de ello. Y si alguien pretende lo contrario, que venga aquí y ponga las manos encima de una persona enferma, y la cure. Esos sacerdotes no pueden hacer eso, lo que prueba que no creen. No cree nadie, pues nadie sana enfermos ni habla lenguas nuevas (no digo chapurrear inglés) o bebe veneno y se queda tan fresco (lo de las serpientes vamos a dejarlo). De modo que no crees, ahí tienes la prueba.

Cuando empecé este blog, lo hice con la peregrina idea de ver el Evangelio a la luz del Zen, entendiendo por ello la clara luz. La clara luz de la mente, es la naturaleza última de la realidad, la naturaleza última de todos y cada uno de nosotros. Y, sí, también de Jesús. La naturaleza última de Jesús es mi propia naturaleza última, eso no es que lo crea. Eso lo sé. Y si alguien lo duda, entonces es que no cree en mí, pero bueno, eso no es grave. No está condenado por no creerme a mí. Ahora, si no cree la buena nueva, entonces está listo.

Y ¿Cómo voy a creer en la buena nueva? Puedo pretender que creo, por supuesto, incluso puedo fingir conmigo mismo, pero entonces voy y compruebo que no hago el menor prodigio, lo que demuestra que es falso. No creo, estoy condenado. Debo creer, pero no puedo creer. Si consiguiera creer, me salvaría, pero no puedo. Si pudiera, haría milagros y prodigios. Pero no haga ninguno. ¿Qué puedo hacer? Aquí es donde entra el Zen.

No hay nada que pueda hacer para creer, por tanto me quedo donde estoy, y me quedo como estoy. Me miro. Me veo simplemente con mi mente de todos los días. No creo, por tanto estoy condenado, miro y compruebo mi condenación eterna. ¿Qué es? ¿Quién está condenado? Aquí ahora, en medio de mi mente ordinaria, la condenación eterna es la naturaleza de la mente. La condenación eterna es la salvación. Estoy salvado. ¿Es eso lo que quiso decir Jesús?

Tal vez quiso decirnos que no tratásemos de creer, que no hiciésemos nada para salvarnos. Que no estando salvados, estábamos salvados. Que nos quedáramos tranquilos, que no fuésemos a llevar la buena nueva a nadie, hasta que viésemos nuestra salvación eterna. La clara luz. Y entonces, si bebemos veneno, moriremos. Pero no nos hará daño, porque ¿Qué puede hacer daño a alguien que está salvado?

viernes, 20 de enero de 2012

Los poderes curativos


Gran campana del templo de Bukkokuji
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A Jesús le seguían multitudes, porque tenía poderes curativos. Algunos lamas también tienen ese tipo de poderes, y la gente va a ellos para curarse. Yo mismo fui una vez porque mi hija cogió una enfermedad terrible que se la llevaba por delante. La llevamos al hospital y la dejé internada, y mientras mi mujer se quedaba allí, yo viajé aquella noche hasta Alicante, desde Ciudad Real. Llegué hasta Monóvar, donde estaba el Centro Budista Nagarjuna, y donde residía un lama, Geshe Lobsang Tsultrim.

Llegué al sitio de madrugada. Un tío mío me acompañaba, pero subí solo a su aposento. Vivían en un lugar en el campo, una zona desértica, pero bonita. La casa era antigua y solariega, un poco precaria, pero acogedora. Estaba durmiendo, y me acompañaba el monje traductor, Wangchen. Despertamos al lama, y él no dudó en levantarse para recibirme. Estaba profundamente dormido cuando Wangchen abrió la puerta, y vi que no hacía el menor gesto de fastidio. Se levantó de inmediato, y me recibió.

Hizo un Mo, una especia de adivinación con unos dados, y averiguó si mi hija viviría. Parece que viviría si no había nacido en el año de la Serpiente. En cualquier caso se puso de inmediato a hacerle pujas, ceremonias para que se pusiera bien. Mi hija salió de la enfermedad. Supongo que el tratamiento médico fue acertado, y las ceremonias del lama, tal vez no fueran necesarias. Pero él las hizo, se sentó de inmediato y recitó la puja. Me dijeron que hizo muchas ceremonias aquellos días, yo le dejé dinero para que las hiciera, pero él las hubiera hecho también si no le hubiese dejado dinero.

Aquel lama aún vive. Fue mi maestro durante algunos años, y fue del que recibí las enseñanzas sobre las deidades, cuyas iniciaciones nos había dado el lama Zong Rimpoche, al parecer el que había sido su maestro en el Tíbet. El lama Lobsang no era un gran lama, no pasaba por tener grandes realizaciones. Era un lama tradicional, no hablaba más que tibetano en aquel entonces. Hice muchos cursos con él, y retiros. Nos daba iniciaciones también, porque se las pedíamos. Yo le dije un día si las iniciaciones que nos daba eran como las que habíamos recibido de Zong Rimpoche. “No, las que yo doy son solo permisos para practicar las deidades. Las que dio Zong Rimpoche eran iniciaciones de Mahanutara yoga tantra, las más altas que se daban en el Tíbet.

Por supuesto yo no estaba en condiciones de practicar cada día la sadhana, no le veía sentido. Lo hice durante un año, pero llegó un momento que no pude más y lo dejé. Fui a él un día y le dije que me pasaba al zen, que no quería seguir con el budismo tibetano. “Ok, ok, ve y practica el zen, me dijo, pero no dejes los compromisos”. Naturalmente, no le hice caso. Dejé los compromisos desde el día que Ana María Schluter me dijo que los dejara si quería practicar con ella. Yo los dejé totalmente, pero siempre los tenía en el fondo de mi mente, y no me sentía bien del todo.

He vuelto en ocasiones a practicarlos, aunque siempre por periodos cortos. El zen y el budismo tibetano, por alguna razón no se llevan bien, me decía. Cuando entraba en estas recitaciones, se me antojaban algo así como magia. De hecho hay algo de eso, pero siempre se basan en la vacuidad, la naturaleza de buda, y siempre se habla de la clara luz. Antes, cuando no sabía nada de la clara luz, aquello era para mí un simple concepto, pero ahora la clara luz sé que existe, es algo inexplicable, pero puedo decir que existe. Y esa clara luz es de lo que habla el budismo tibetano, y siempre se dice que la mente es de la naturaleza de claridad. Lo cual yo lo he experimentado en el zen.

Hubo también el asunto de los votos, que eran muchos. Los tántricos eran extraños, pero solo encontré uno difícil de cumplir, que hablaba de no emitir fluido seminal. Fui a él y le dije que una persona que vivía en pareja, no podía cumplir ese voto. Recuerdo que me miró sonriente, y me dijo “el tantra no prohíbe las relaciones sexuales” a lo que yo contesté, “¡pero si prohíbe emitir fluido seminal!” El pareció divertido con mi enfado, y no añadió nada más. Hoy, años y años más tarde he descubierto que, efectivamente, el lama tenía razón y que las relaciones sexuales pueden hacerse sin romper los votos tántricos. Mas vale tarde que nunca.:)))

martes, 17 de enero de 2012

Vajrayoguini

La deidad tántrica Vajrayoguini
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Me resulta a veces difícil entender el Evangelio. O mejor, me resulta a veces demasiado obvio, por eso no sé que puede querer decir. Jesús va de un lado a otro, diciéndole a la gente que le siga, y ellos le siguen sin dudar, y eso es más propio de un hipnotizador que de un maestro espiritual. Pero ahí puede radicar precisamente el interés, que Jesús simplemente dice “sígueme”. Parece una orden, no una sugerencia. Solo quien habla desde el centro de su ser irradia tal fuerza.

Evidentemente es peligroso dejarlo todo y seguir ciegamente a un maestro espiritual en estos tiempos, pero aquellos tiempos debían ser muy distintos. Hoy uno pasaría por loco si hiciera una cosa así. Dejar el trabajo, la familia colgada, los hijos sin padre o madre… Bueno eso pasa todavía. Uno lo deja todo, aunque luego se arrepienta. Pero hoy los maestros no dicen esas cosas, y si las dicen, probablemente no sean buenos maestros.

Hoy uno debe ser capaz de seguir el camino sin abandonar sus actividades cotidianas, lo cual puede parecer difícil. Y lo es, pero más difícil es dejarlo todo e irse a un retiro permanente, un monasterio o una ermita. Eso es verdaderamente difícil, puedo asegurarlo. Yo tengo un lugar así, y cuando voy y me retiro, a ratos desearía no haberlo hecho. Cada día es un día bueno, pero a veces lo bueno se ve después, no en el momento que lo pasas. Las paredes se caen encima en ocasiones, matarías por entrar en Internet, querrías tener a alguien cerca para poder decirle “te quiero”. Es más fácil seguir a un Cristo de carne y hueso.

La meditación puede considerarse como una ayuda, pero cuando uno solo tiene como compañero un cojín, la meditación es muy dura. Por eso, he tomado como compañeras dos sadhanas, que son un compromiso que hice de joven, con el lama Zong Rimpoche. Ahora, treinta y pico años después, recuerdo que hice el compromiso de recitar esas sadhanas a diario, y recitar los mantras. Como ya no espero volver a realizar un sesshin en mi vida, ni creo que esté atado a la forma del Zen, me dedico a recitar esas sadhanas. Creo que el fondo de la meditación sigue intacto, cuando lo hago, pero el uso de las imágenes son una ayuda.

Ya no tengo que conseguir nada, lo cual es un descanso. Hay algo estético en las recitaciones, y sobre todo me encuentro feliz de ser fiel a mis compromisos. Una sadhana viene a durar lo que un rosario completo con letanías, y las deidades son, en cierto modo, parecidas a la Virgen, especialmente Tara, también conocida como la madre de todos los budas. Eso hace pensar en María madre de Dios, por lo que me siento en cierto modo practicando el rosario. Pero aquí se hacen visualizaciones, y en cierto modo hay una especie de role play, una representación cósmica en la que aparecen diosas que hacen ofrecimientos, gurus, budas etc etc

El mundo de la deidad se llama mandala, y tiene una especie de connotación propia de la deidad. Aunque tengo mucha imaginación, me resulta difícil hacer las visualizaciones. Aunque me empiezo a dar cuenta de que las visualizaciones no son tales visualizaciones, no es que las vea. Las ves sin verlas, por así decir. No es nada difícil visualizar en realidad, si recitamos aunque sea en voz baja aquello que queremos visualizar. Y cuando queremos visualizar la deidad, una pequeña figura puede ayudar, pero lo importante no es ver con los ojos de la cara, sino con el ojo de la mente. En ciertos momentos la cara de la deidad puede difuminarse, pero lo importante es recitar, sin pretensión alguna, al menos para mí.

Muchas veces pensaba que no había llegado a la meta, y que tenía que hacer más zazen, pero por más zazen que hacía, no sacaba nada. Hace poco me dije “no busques más, no vas a encontrar nada”. Pero estar sentado sin hacer nada llegó a ser imposible. Pretendí volver al Mu, a contar respiraciones y a otras formas de zazen, pero mi compromiso no era ese. El compromiso es muy importante, me dije, ¿Cuál es el mío? Siempre ha sido el mismo, desde que tomé aquellas iniciaciones con sus respectivos cursos. Hoy he vuelto a esa practica abandonada durante tantos años, y el re encuentro es bueno.

Un saludo.

sábado, 14 de enero de 2012

La sonrisa de Buda



Artículo publicado en Cuadernos de Budismo por el autor del blog.
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No ves a esa persona del Tao

Que está más allá del saber

Y no persigue nada?



Sin duda, la experiencia del vacío convierte a la persona en una persona del Tao. No es que lo convierta, pues siempre lo ha sido, pero si no se daba cuenta es como si no lo fuese. Ese poema habla de alguien que, no solo ha pasado por esa experiencia, sino que la ha madurado. La mayor parte de las veces, es preciso una larga maduración antes de llegar a ser una persona del Tao. El sexto patriarca, por ejemplo, pasó mucho tiempo como ermitaño después de tener su experiencia de iluminación. En el pasado, la mayor parte de los iluminados del zen eran monjes, por lo que su forma de vida les permitía madurar de un modo sistemático su experiencia del vacío. Pero los tiempos han cambiado.

La mayoría de las personas que practican el zen en occidente, no son monjes, ni tienen en mente convertirse en tales. Muchos viven en familia y tienen trabajos normales. En esas circunstancias, no siempre es fácil madurar la mente de la iluminación. En cierto modo, es como hacer un pan. Se necesitan los ingredientes, harina, agua, levadura, aceite, sal… pero eso no basta. Hay que mezclarlo, amasarlo y cocerlo durante largo tiempo. No se puede acelerar el proceso dándole más fuego, eso solo serviría para quemarlo por fuera, dejándolo crudo por dentro. La paciencia y la constancia son los dos elementos clave, junto con la asistencia del maestro, al menos en las primeras etapas.

En algunas de las escuelas de zen, hay un procedimiento de cocción (digamos) que es la práctica sistemática de ciertas colecciones de koans. Algunos de esos koans (como el koan Mu) se han utilizado durante siglos, precisamente, para que la persona tenga un atisbo de iluminación. A veces ese atisbo es una experiencia de apertura total, mientras que otras es una pequeña rendija, pero por lo general, esa experiencia es tan solo el principio. Suele empezarse entonces un largo trabajo con koans, que maduran, amplían e incluso profundizan la iluminación. Algunas personas pueden extrañarse de que la iluminación necesite de un proceso posterior, y pues a veces en el budismo se habla de la iluminación como del final del camino. En el zen, sin embargo es casi el principio.

A veces una iluminación prematura es más un problema que otra cosa, pero nadie sabe cuándo, cómo ni por qué sucede. Hay practicantes de zen que pasan años y años sin una experiencia real de kensho, a pesar de sus esfuerzos. Otras en cambio, sin gran trabajo, experimentan al mente de Buda relativamente pronto. Podría pensarse que estas últimas son más afortunadas, pero con frecuencia luego vienen arduos años de lucha.

En el zen existe una serie de cuadros conocidos como los cuadros del boyero, diez en total, en los que se escenifican las etapas por las que pasa el practicante. Eb el primer cuadro, el boyero sale en busca del buey (la iluminación), en el segundo ve sus huellas y en el tercero ve al buey (kensho o iluminación) Quedan sin embargo otras siete etapas, la cuarta de las cuales es un periodo de largo trabajo que queda expresado en este poema:

Tiene que atarlo corto y no soltarlo,

porque el buey es arisco todavía.

Ya arremete contra las cumbres,

ya se refocila en brumoso desfiladero.



Cuanto tiempo dura esta doma del buey, es imposible de saber, y ahí es donde se dan las mayores diferencias de unas personas a otras. Hay quienes tardan mucho en experimentar la mente de Buda (el vacío) y cuando ocurre, esta permanece con ellos para siempre. Otros en cambio puede tener una experiencia fuerte al principio (e incluso más de una) la cual parece esfumarse por completo al cabo de un cierto tiempo, entrando en una especie de oscuridad donde no existe el menor atisbo de ella. Pero la iluminación sigue ahí, incluso en la sombra, y la persona lo sabe, por lo que en medio de la noche su presencia no se esfuma.

Los cuadros que siguen expresan los progresos del practicante de un modo más o menos lineal, en los que el buey se vuelve manso e incluso se deja montar. Es aquí donde quizás se empiezan a recoger los primeros frutos de la iluminación. La mente iluminada empieza a despertar en medio de su vida cotidiana, podríamos decir. La compasión se vuelve algo natural en su vida, a partir de un cierto momento. No necesita forzarse para sentirla, sino que es algo espontáneo y sin afectación. Por supuesto, los defectos existen, y son manifiestos todavía, y muy probablemente lo serán hasta el último día de su vida.

Llegados a este punto, quizás podamos hablar ya de una persona del Tao (un bodhisatva), si bien el poema del principio parece referirse a alguien que ha alcanzado ya un alto grado de madurez. Esa madurez es la que aparece reflejada en el último cuadro de la serie, conocido como “la vuelta al mercado”. El poema que acompaña el cuadro dice:

Desnudo el pecho y descalzo, entra el hombre en el mercado.

¡Está cubierto de barro y polvo, pero cómo sonríe!

Sin recurrir a poderes místicos,

hace florecer en un momento los árboles marchitos.

Es interesante que la cualidad que más parece destacarse en esa persona, sea la sonrisa. He visto una sonrisa así en algunas ocasiones. El lama Gendum Rimpoche, el lama Jampel Sanghe, o Tangen Harada Roshi son quienes vienen a mi mente con más fuerza, pero hay otros (maestros admirables a quienes recuerdo con agradecimiento). Todos ellos sonreían de ese modo especia que destaca el poema. Esa sonrisa es sin duda la evidencia y el reflejo de la iluminación. Una sonrisa así, proviene de la mente de Buda.

Abrir la mente a los demás no es necesario cuando se llega a ese estado, supongo, puesto que ese estado es de total apertura. Es un estado en que el hombre y el niño se reencuentran. No hay afectación, ni sentimiento de ego. Todos tenemos recuerdos de algo así. Por ejemplo, al poco de tener el kensho, volví a ver a mi maestra, quien estaba leyendo el koan Mu al comienzo del seshin (retiro). “Alguien pregunta a Joshu: ¿Tiene un perro la naturaleza de Buda? Joshu contesta Mu” De pronto, una sonrisa se apoderó de mí, y sentí que mi rostro se iluminaba. Entonces fue cuando los ojos de la maestra me miraron, y en esa mirada, por un instante, vi mi sonrisa: era la sonrisa del boyero. No sé si he vuelto a sonreír así en mi vida, quizás lo haya hecho. A veces, posiblemente, el hombre de los pies descalzos se encuentre cerca. Otras, las más de ellas, parece haberse esfumado, pero es solo una apariencia. Está siempre presente, aunque no nos demos cuenta.