Errante por caminos sombríos y alegres, he vuelto a casa

domingo, 15 de enero de 2017

Utilizar la palabra de Dios para meditar


En un futuro que preveo próximo, la figura del ermitaño volverá a ser popular en el mundo. Pero los ermitaños que vienen (que han vuelto, y que ya están) no serán ermitaños como los de antes. No es posible vivir del modo como se vivía antes, cuando no había luz eléctrica ni Internet. Los ermitaños de hoy no viven en sitios inaccesibles, tampoco. Muchos viven en el campo o en las montañas, sí, pero otros viven cerca de los centros urbanos, e incluso en el ajetreo de la ciudad. Viven solos, normalmente, pero no siempre. Se puede ser ermitaño, incluso teniendo familia, aunque esto no sería en modo alguno lo habitual.

Pensemos en la cantidad de personas de edad que viven hoy día solas, y comprenderemos el gran potencial que existe para volver a la vida de ermitaño. Muchos ancianos viven solos en sus casas, sin recibir apenas visitas. Sus familiares no pueden dedicarles más que un rato a la semana, cuando van a verles los domingos, o les invitan a comer en sus casas. Pero ni siquiera esto es ya lo habitual, pues los hijos viven con frecuencia lejos de ellos, por motivos de trabajo. Se han mudado a otras ciudades, o han emigrado a otros países, y ellos se encuentran cada vez más aislados.

Pero lo que parece un panorama desolador para tanta gente, puede convertirse en una preciosa oportunidad para ellos, si son capaces de dar la vuelta a su mirada, y enfocarla hacia el interior, en vez de hacia la desolación que se apodera de ellos. Esto implica, ciertamente, haber llevado algún tipo de práctica espiritual anterior, durante al menos unos años. Si no se hace a tiempo, es difícil que pueda hacerse cuando se llega a una edad avanzada. Yo aconsejo a las personas que tengan una edad, en torno a los cuarenta años, que lean libros sobre meditación, y que empiecen a practicarla regularmente, porque puede ser su único modo de supervivencia en el futuro. Cuando se encuentren solos, ya no estarán solos, si han traspasado la barrera, y se han hecho unos con el universo. ¿Quién puede estar solo después de eso?

La mayoría de los ermitaños de hoy, tenemos electricidad, por supuesto, así como TV e Internet. Pero no solemos recibir visitas habitualmente. Eso es lo que marca la diferencia, el hecho de no recibir visitas ni estar continuamente en contacto con otros. No solo no recibir visitas, sino encontrar en eso su forma de vida. Naturalmente, en esa situación, lo que más ayuda es llevar una práctica de meditación regular. Yo practico normalmente tres horas de zazen al día. Aparte de eso, no tengo que hacer nada especial. Vivir solo te obliga a mantener una disciplina de vida. Tienes que cocinar, limpiar, recoger leña para el invierno etc. Además, se puede tener un huerto (yo no lo tengo, pero lo recomiendo muy especialmente a los que viven en un pequeño chalet, o tienen una terraza) El huerto es una de las cosas que más pueden ayudar a un ermitaño, sin la menor duda.

En mi caso, tengo la pintura al óleo y la escritura. La práctica de una actividad artística o creativa es importante. Si se llega a una edad avanzada, sin haber practicado algún método meditativo, ni cultivado algún arte, se puede estar muy solo. Yo lo veo en algunas personas que viven así. Se sienten solas y aisladas dentro de su piel arrugada. Cada vez están más solas, incluso si viven en compañía. Su única actividad (si puede llamarse a eso actividad) es estar recostados en un sillón, viendo la TV, con el mando a distancia en la mano. Llegados a ese punto, es muy difícil saber lo que hacer  ya. No hay esperanzas para el futuro, y el presente se convierte en algo sumamente negro y oscuro. Ahora que estás a tiempo, prepárate para esa etapa. Convierte la práctica de la meditación, el zazen, en un punto esencial de tu vida.

Un ermitaño no está nunca solo, como digo. El simple ruido del arroz cociéndose en la cazuela, es una compañía asombrosa. Ver por la ventana la caída de los copos de nieve, es algo que le produce una alegría inmensa. “¿A dónde quedaron los caminos oscuros? La Tierra Pura no está lejos.”, como dice Hakuin en su Canto en Alabanza del Zazen. Y hablando del zazen, quiero volver a insistir un poco en la forma de practicarlo (aunque hablé de ello en uno de mis primeros libros, el que lleva por título “La meditación Zen experimentada paso a paso”, y que tal vez haya leído ya.

La meditación no debe ser nunca algo forzado, pero tienes que obligarte a hacerla cada día, al principio. Debes dedicar un tiempo diario a su práctica, a ser posible siempre a la misma hora. Mejor por la mañana, antes de prepararte para ir al trabajo, y  a ser posible, también por la noche, antes de irte a dormir. Ponte un tiempo en el avisador de, a menos, veinte minutos (debería llegar a media hora, a ser posible). Utiliza siempre la misma práctica. No cambies de una a otra. No sigas hoy la respiración, pases luego a contarla, intentes luego seguir el método shikantaza (solo sentarse) y después ponerte a recitar mantras. Siempre el mismo método, insisto. He hablado de la forma de iniciar la práctica, con una postura física adecuada, sentado sobre un cojín (o más de uno), con la espalda derecha, que oscila periódicamente entre una posición de relajación y otra de ligera tensión. Esa postura deber considerarse casi como una forma de práctica en sí misma, e incluso como un koan.

Recordemos que los koans son la herramienta Zen por excelencia. Quizás un día dedique uno o varios libros a entrar en las interioridades de los koans que vienen en los libros donde estos se han recopilado, escritos por maestros chinos de la antigüedad. Esos libros tomaban anécdotas que venían incluso de los tiempos del Buda histórico (no todas ellas creíbles) El caso del koan Mu, sin ir más lejos, el primero del Mummonkan, está basado en una anécdota de un maestro del siglo VIII (Joshu). Ese koan ha llevado a la vida a innumerables personas desde que empezó a usarse. Hoy se sigue usando, y sigue dando vida. Pero, admitámoslo, quizás los cristianos preferirían usar koans sacados de sus propias escrituras, en vez de ir a las escrituras budistas,

Mi labor como practicante Zen occidental, no es otra que ayudar a crear puentes entre la cultura de origen, que es la oriental y budista, y la cultura occidental cristiana. Cierto que muchas personas occidentales no son ya cristianas, en el sentido de practicantes, (e incluso son agnósticos o ateos, muchos de ellos) pero todas tienen aunque sea una pincelada cristiana en su interior. Al fin y al cabo, las iglesias y catedrales seguían estando a su alrededor cuando ellos crecieron, y tienen en todo caso más afinidad con el cristianismo (incluso si son ateos) que con el budismo. Porque, aunque el Zen va más allá de las creencias, parte de las creencias, y no hay necesidad de entrar en las creencias budistas para practicar el Zen.

Esta idea me llevó a tratar de estudiar los Evangelios e interpretarlos a la luz del Zen, pero hoy debo admitir que mi intención no dio fruto. Más bien, al contrario, produjeron en mí serias dudas sobre su utilidad como fuente de inspiración para la práctica del Zen. Esto puedo decirlo hoy sin ambages, pues he meditado en los pasajes de los Evangelios que vienen recogidos en el Nuevo Testamente, de un modo sistemático, e incluso lo plasmé en un blog (que ya he borrado), y que llevaba por título “El Evangelio a la luz del Zen”. El hecho de borrarlo obedeció, precisamente a que mucho de lo que viene escrito en los Evangelios canónicos (que son los que se leen en las misas) no tiene ningún sentido, cuando se lee a la luz del Zen. En vez de una ayuda, tuve que admitir que eran un obstáculo.

No obstante, hay pasajes que sí pueden tomarse como referencia para la práctica, pero debo admitir que no son muchos. Existe sin embargo un evangelio que la Iglesia condenó casi desde el principio, (el llamado Evangelio Gnóstico de Tomás), que sí puede tomarse en su práctica totalidad como una ayuda para la meditación Zen. Ese evangelio tiene muchos pasajes que son comunes a los evangelios canónicos, y concuerdan casi totalmente con aquellos que yo consideraba útiles para la meditación Zen. Como no es mi intención hacer un trabajo de erudición, no quiero entrar a hacer un estudio detallado del tema.

Durante años y años, debo reconocer que me enfrenté a una terrible imposibilidad, la de encontrar un sentido Zen a los Evangelios, sin conseguirlo. No fue sino hasta hace poco, que comprendí las razones de ello, que son mucho más sencillas de lo que pensaba: los Evangelios fueron escritos en una época muy posterior a la muerte de Jesús, por personas que evidentemente no le conocieron. (No fueron escritos por los apóstoles, a quienes se les atribuyeron, naturalmente) Hoy en día sabemos que el primero de esos evangelios (el de Marcos) data del año 70 d C, mientras que los demás son todavía más recientes.

¿Qué importancia tiene esto? Simplemente que los evangelios no puede tomarse literalmente, ya que fueron recopilaciones hechas por discípulos de discípulos de Jesús, que cuando se plasmaron, tomaron un sentido completamente ininteligible. Hoy en día, los monjes católicos leen los evangelios y los meditan como Palabra de Dios, pero no todo lo que viene en ellos puede considerarse como Palabra de Dios. Para mí, Palabra de Dios es la que abre las puertas del entendimiento, más allá del intelecto. Esto mismo viene en una de las epístolas posteriores a los evangelios, la epístola a los hebreos (erróneamente atribuida a Pablo, por la Iglesia, hasta no hace mucho) En esa epístola leemos;

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos.

Por tanto, cuando leemos la Palabra de Dios, realmente su poder puede penetrar hasta el mismo centro. Pero si lo que leemos no es Palabra de Dios, eso no tiene el poder de entrar hasta el punto donde se dividen alma y espíritu (lo que se refiere sin ninguna duda al lugar más íntimo de nuestra mente) Precisamente, al meditar (tal y como sugiere el Zen con los koans), lo que estamos haciendo es tomar algo que es igualmente Palabra de Dios. Al tomar el koan como una ayuda para la meditación, estamos entrando con una espada de doble filo (en el budismo se habla de la espada de la Sabiduría de Manjusri) para conocer las interioridades más profundas de nuestra mente.

Aunque los monjes católicos meditan en la Palabra de Dios normalmente (meditación que llaman Lectio Divina), sospecho que no todos lo hacen de un modo correcto. En realidad no debería tomarse un pasaje demasiado largo de la misma, sino tan solo un pequeño retazo. Es indudablemente muy útil seguir la Palabra tal y como viene recopilada cada día por la Iglesia Católica. Yo lo hago cada mañana, cuando me siento a meditar. Tomo el texto de la misa de ese día, y lo leo (lo leo con el móvil) Hay un sexto sentido que me dice qué es Palabra de Dios en lo que leo, y tomo únicamente eso. En realidad, de todo lo que viene, tan solo una pequeña parte puedo considerarlo Palabra de Dios. El resto no produce más que sentimientos de culpa, lo cual no tiene nada de positivo.

Así, cuando se sigue leyendo el pasaje de la epístola a los hebreos, tal y como venía en la lectura de la misa de ese día, lo que viene a continuación es esto:

No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Nada que ver con lo anterior, como vemos. Si la palabra de Dios es viva y eficaz, penetrante hasta el fondo de la mente, esto último que hemos leído no tiene esa propiedad. Es algo que produce el efecto contrario. En vez de actuar como una espada que penetra abriendo las puertas del entendimiento intuitivo, produce el efecto de cerrar esas puertas, ante el temor de ser oteados por el ojo de un juez terrible, cuya mirada penetra desvelando nuestras faltas, (de las que luego tendremos que rendirle cuentas). Uno se pregunta cómo puede suceder que pasajes tan contrarios, coexistan uno junto al otro. Pero lo cierto es que el cristianismo es así, una mezcla de fuerzas que abren con otras que cierran. No tiene sentido pensar que todo nos puede servir en la práctica del Zen.

Vivir como vivió él

Hay muchos errores en la interpretación de las escrituras cristianas. La mayoría de las interpretaciones que se hacen son literales, basándose en que Jesús era, antes que nada, un personaje de carne y hueso, que vivió, murió y resucitó en Palestina. No estoy negando tal cosa, pero no hay manera de saber a ciencia cierta qué fue lo que ocurrió. Los evangelios fueron escritos mucho tiempo después de su muerte, y los que le conocieron personalmente, que son quienes deberían haber hablado de él, apenas dicen cosas sueltas en sus epístolas a las pequeñas iglesias que habían fundado. No es posible sacar mucho en claro, sobre la vida de Jesús, leyendo lo que los católicos llaman la Palabra de Dios.

Sin embargo, (y esto es lo importante para el que esto escribe) existe otro modo de leer las escrituras. Un modo basado en que Jesús es, ante todo, una realidad presente en todos y cada uno de nosotros. Esa realidad es, por supuesto, lo que se pone de manifiesto en la experiencia de la iluminación: el satori o despertar. Cuando se alcanza esa experiencia, podríamos decir que conocemos a Jesús (de un modo equivalente, a conocer la naturaleza de buda, o la conciencia cósmica) Un sacerdote que conocí en los tiempos que practicaba zen con Ana María Schluter (el Padre Pepe Sánchez Ramos), me confirmó esto en una conversación que mantuvimos en privado.

Pepe era un sacerdote de una orden llamada Hermanitos de Foucault, y había pasado muchos años viviendo en una comunidad de dicha orden, en el desierto del Sahara, en Argelia. Durante ese tiempo, había practicado la oración contemplativa, y tenía sin duda una gran experiencia en el ámbito de la oración cristiana, cuando dejó la comunidad en el desierto del Sahara y fundó otra comunidad en un desierto más humilde: el de Murcia. Allí, en una pequeña ermita, en un lugar al que llamaban Desierto de la Paz (no sé si el nombre lo pusieron ellos) vivía Pepe, a veces solo, y a veces  con un reducido número de visitantes ocasionales.

Pepe llevaba practicando el Zen muchos años con Ana María ya, cuando yo le conocí, y pasaba por ser un practicante muy avanzado, con un profundo conocimiento de los koans, por aquel entonces. Ana María le había dado permiso para que diese cursos de introducción al Zen, y él realizaba periódicamente retiros de Zen en grupo, junto con retiros en los que enseñaba la práctica de la oración de Jesús. Su zendo era un lugar amplio, con cabida para veinte o treinta personas, y había también pequeñas ermitas para retiros solitarios, en las inmediaciones. Cada día, Pepe celebraba la eucaristía en una pequeña capilla, construida por él mismo y quienes se habían unido a él.

Un día, hablé con él y le pregunté dos cosas. La primera, si yo podía comulgar, pues en aquel entonces me consideraba budista. “Comulga, Miguel Ángel, comulga, me dijo, la comunión es para todo el mundo. No te sientas nunca excluido por una cuestión de pertenencia o no, a la Iglesia Católica. Entre personas que ya tienen una experiencia interior profunda, como es tu caso, eso no tiene ninguna importancia. La próxima vez que estés en la misa, comulga como los demás”.

Zanjada esa cuestión, le hice otra de más nivel. Le pregunté si la experiencia cristiana era la misma que la experiencia zen. Puesto que él había practicado la oración cristiana (probablemente la oración de Jesús) durante años, retirado en el desierto, y había tenido experiencia de Dios, podía saber con seguridad si esa experiencia era la misma o era distinta del satori, que él había experimentado también sin la menor duda, con la práctica de los koans. A mi pregunta, él respondió sin dudar.

- Es la misma, Miguel Angel, es la misma. Solo hay una experiencia. Puedes llamarla Dios, puedes llamarla iluminación, o puedes llamarla como quieras.

Después de aquello no me quedaron grandes dudas. La experiencia cristiana era la misma que la experiencia Zen (y seguramente era la misma que todas las demás experiencias religiosas profundas, fuesen de la tradición que fuesen). Pero entonces, me pregunté, podría darse el caso de creer que la hemos alcanzado, sin que haya ocurrido realmente. En el Zen, la manera habitual de saber si tal cosa ha sucedido, es ir a un maestro Zen cualificado (lo que esto signifique, hoy en día, sería motivo de discusión, pero lo dejaremos para otro momento). También los cristianos tienen maestros o directores espirituales, que pueden sostener o rechazar las experiencias místicas que puedan haber tenido. Pero existen formas de saberlo, también, sin recurrir a maestros exteriores. Y esas formas, pueden estar en las mismas escrituras cristianas.

Por ejemplo, el apóstol San Juan, en una de sus epístolas, nos da a entender  cómo podemos saber si tal experiencia es auténtica.

En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. (…) quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

Pero claro, si lo miramos del modo habitual, y lo interpretamos literalmente, este  párrafo es desconcertante, porque habla de guardar los mandamientos. ¿Y qué mandamientos son esos? Se pregunta uno. Y la respuesta sería que se refiere a la ley Mosaica (los diez mandamientos), o bien a la simplificación que hace Jesús, que los resume en dos: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo. Pero estos mandamientos son imposibles de cumplir, para alguien que no ha alcanzado una visión de Dios (Satori), por razones obvias.

El primero, el que nos dice “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, sería realmente absurdo, pues se pide amar a alguien que no se conoce todavía, pero sin conocer a alguien, no se le puede amar. Y, sobre todo: no puede decírsele a nadie que ame por obligación. Si se ordena a alguien que ame a Dios, se está cayendo en una contradicción evidente. Por el contrario, si se le conoce, entonces es imposible no amarle. Si se tiene la experiencia de la iluminación, y se entra en la naturaleza divina, al volver otra vez al mundo de la forma, uno vuelve con un amor infinito en sus entrañas.

Ese amor por Dios, permanece incluso cuando la experiencia se borra. Uno puede no llamarle Dios, ni amor a Dios, pero es lo que es, de hecho. Para muchas personas, la palabra Dios suscita toda clase de emociones negativas, (lo cual es muy comprensible, en estos tiempos). Pero si le damos otro nombre, la cosa cambia. Podemos darle nombres mucho más cercanos: naturaleza esencial, naturaleza cósmica, o naturaleza de Buda. O llamarle simplemente “eso”. No hace falta que el nombre de Dios aparezca.

El otro mandamiento es igualmente imposible de seguir por alguien que no ha alcanzado la experiencia del despertar: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ese mandamiento es claramente absurdo, si uno se ve a sí mismo como una entidad separada (un ego aislado). Solo cuando se llega a la experiencia del satori, las barreras entre dentro y fuera desaparecen, y el amor al prójimo se manifiesta como algo absolutamente necesario. Pero no es un amor ñoño o estúpido. Es algo mucho más profundo. El amor al prójimo puede entenderse como una sensación de empatía, apertura o comprensión. No se trataría tanto de tratar de solucionar los problemas del prójimo, como un deseo de entenderle y conocerle, sin entrar a juzgarle.

Por tanto, la carta de San Juan es altamente interesante, porque nos dice como saber si hemos tenido realmente la experiencia de la iluminación. Él no la llama así, por supuesto, sino que se refiere a ella con la expresión Conocer a Jesús. Jesús (o conocer a Jesús) es otra manera de referirnos a ello: buda, naturaleza esencial, realidad cósmica… Jesús es eso mismo. Personalmente he llegado a la conclusión de que Jesús para los apóstoles, no era por tanto una persona externa, sino una experiencia interna: La experiencia de la iluminación, como ya he dicho. Los apóstoles vivieron en la época en que supuestamente vivió Jesús, y sin embargo hablan muy poco de él. Cuando hablan de Jesús parecen referirse a veces a una experiencia, como digo.

Si hemos conocido a Jesús guardaremos sus mandamientos, dice San Juan. De hecho no habla en ningún momento sobre cuáles son estos mandamientos, y yo personalmente no creo que se esté refiriendo a los mandamientos de la ley mosaica. Los mandamientos a los que se refiere son quizás la ley que llevamos escrita en el corazón. Cierto texto budista, habla de esa ley en estos términos:

La ética de la naturaleza esencial es como una piedra preciosa prendida en el centro de mi corazón.

Pero esa misma ley viene en el corazón de todos los seres humanos, según un salmo de David, que en cierto momento afirma:

Llevo tu ley en las entrañas

¿Pero qué ley es esa? ¿Es una ley nueva, o es la consabida lista de mandamientos, que vienen en la ley Mosaica? Lo cierto es que no es ninguna ley escrita, ni podríamos usar conceptos para enunciarla. Es una ley natural, una ley que están en el centro de nuestro corazón, en nuestras entrañas, y que cuando se pone de manifiesto, resulta del todo clara. No es una ley que nos obligue a ser cumplida, ni que nos amenace con castigos eternos, de ser ignorada. ¿Qué ley es esa?

Es una ley muy sencilla, que se conoce cuando tenemos el satori. Una ley que los cristianos conocen con el nombre de Amor de Dios, y los budistas con el nombre de bodhichitta. Bodhichitta se ha traducido frecuentemente como compasión, pero es mucho más que eso, pues compasión se confunde habitualmente con dar pena. La bodhichitta es la expresión de la iluminación en el mundo de la forma. En cuanto al Amor de Dios, no es nada que tenga que ver con lo que solemos llamar amor, en el sentido habitual, que es algo más cercano al apego y al deseo. Las palabras amor y compasión son inadecuadas, hoy, para referirnos a ello,

Los mandamientos en esa carta, de hecho se reducen a un solo mandamiento, como dice más adelante San Juan:

Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado.

Un mandamiento antiguo que tenéis desde el principio, o dicho en otras palabras, un mandamiento inherente a nuestra naturaleza esencial. Es la palabra que hemos escuchado, dice también, por lo que algunos pueden pensar que se refiere al evangelio o algo así, pero el evangelio aún no había sido escrito en esa época (ninguno de ellos) La palabra que hemos escuchado, pues, no es una palabra escrita u oída, sino la palabra que resuena en nuestro interior desde el principio, (o incluso mejor, desde tiempos sin principio). ¿Y qué palabra es esa? No puede ponerse por escrito, pero si pudiese expresarla, yo la llamaría simplemente Mu.

¿Por qué Mu? Para quien ha practicado ese koan del Zen, y ha vivido la experiencia a la que apunta (el Satori) Mu es la palabra, y es una manera de expresar del modo más simple y directo la experiencia de la iluminación. Mu no está separado del verdadero yo, y Buda dijo al despertar algo muy significativo sobre el yo. Dijo así: entre el cielo y la tierra, solo Yo soy. Naturalmente, no se refería al ego, sino al verdadero Yo.

Pero quizás lo más llamativo de la epístola de San Juan, sean estas palabras:

En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él.

Una interpretación literal, sería algo así como decir que si estamos en gracia de Dios, (como se dice en el cristianismo) uno tiene que vivir imitando a Jesús. E incluso, si no se ha tenido tal experiencia, se supone que debemos vivir de ese modo. Por eso, hay personas que leen el Evangelio constantemente, y tratan de hacerse una idea de Jesús, que les sirva como modelo de vida. Esto es posiblemente algo muy loable, pero muy estúpido al mismo tiempo, si se me permite decirlo de un modo crudo. No es posible imitar a Jesús. No solo no es posible, sino que es contraproducente, porque si pretendemos actuar como él actuaba, sin ser como él, estamos cometiendo un tremendo error. Un error que puede llevarnos a vivir del modo más incorrecto posible.

El fundamentalismo religioso se basa precisamente en eso, en querer vivir como un iluminado, sin serlo. Todas las religiones (las grandes religiones, al menos) apuntan a la experiencia de la iluminación como la meta, pero las personas fundamentalistas se quedan mirando el dedo que apunta a la luna, y no miran la luna. Miran la letra impresa, y pretenden utilizarla como sistema de vida. Así, cuando Jesús dice que cuando nos abofeteen en una mejilla, pongamos después la otra, la imitación de semejante consejo es una imposibilidad completa, y el no poder seguirlo nos sume en la impotencia más absoluta. ¿Cómo voy a ser como Jesús, si no puedo hacer lo que él dice que haga?

No se trata de imitar a Jesús, ni a Buda, ni a los Patriarcas del Budismo, sino de ir con ellos de la mano, viendo con sus ojos y oyendo con sus oídos (palabras de Mummon que cité en el pasado capítulo). ¿Y cómo puede hacerse tal cosa? No hay otra manera de poder hacer lo que dijo Jesús, que vivir desde su experiencia interior. Algunas personas dirán que tal cosa no es posible, pero si esto es así, no habrá manera de parecernos ni remotamente e él. Podremos, sí, hacer el intento de imitarle burdamente por un tiempo, pero eso no dará el menor resultado. Pareceremos simplemente santurrones de tercera clase, (que es lo que parecen muchos curas y obispos, personas amaneradas que llegan a fingir tanto, que se lo creen, y hasta engañan a unos pocos ingenuos). Pero no es solo en el cristianismo. También en el budismo hay personas que imitan a budas y patriarcas, fingiendo una realización que no tienen. Y no solo los religiosos, también los políticos de izquierdas (los que se llaman progresistas fatuamente) pretenden por un tiempo vivir de acuerdo a sus ideologías populistas, imitando el modelo de un personaje que ellos mismos han inventado en sus mentes, hasta que en poco tiempo aterrizan en el fango de la corrupción y la desmotivación. No es posible fingir lo que no eres por mucho tiempo.

Si queremos vivir como vivió no podemos simplemente leer los evangelios e imitarle. Leer los evangelios es algo que puede tener mucha importancia, sí, pero no solo de la manera que se hace en las iglesias, durante las celebraciones eucarísticas. Podemos utilizar la lectura, del mismo modo que se utilizan en el Zen el Mumonkan o el Hekiganroku (libros de koans) Si tomamos, no solo el Evangelio, sino las demás lecturas de la misa, como si de koans se trataran, y los utilizamos cuando estamos sentados en zazen (aquí hablo para cristianos, sobre todo), podemos tener experiencias importantes. Y esto es algo que, por cierto, se conoce como Lectio Divina. No soy yo el primero que sugiere que usemos las lecturas del Evangelio como ayuda para la oración o la meditación.

Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él, es la  forma de saber si estamos o no en el estado de la iluminación. Es importante verlo de cerca, porque la idea más extendida sobre la iluminación, en occidente, es que los que la han tenido  viven en un estado de gozo y éxtasis permanente. Si la persona iluminada tiene defectos, manifiesta tener problemas (sean del tipo que sean) o le afectan las cosas del modo en que afectan a las personas “normales”, se pone en duda su iluminación. La persona iluminada, debería ser una persona que exhalara siempre una aroma de  felicidad sin límites. Una persona que se pasara el tiempo sentado en un samadhi profundo, sin salir jamás de él. Pero esas ideas carecen de fundamento por completo.



lunes, 9 de enero de 2017

Uno con lo que hay


No hace mucho tiempo, se creía que Sidharta Gautama era una simple leyenda, una fábula, mientras que la existencia histórica de Jesús nadie se atrevía a ponerla en duda, de forma abierta. Pero con el tiempo, se supo que Sidharta había existido realmente, y había sobradas pruebas de ello. Su vida podía seguirse paso a paso, pues se fueron comprobando arqueológicamente todos los hechos de su vida. En cambio, la existencia histórica de Jesús se encuentra envuelta en serias dudas. Al margen de los Evangelios, apenas existen pruebas de que haya habido un ser llamado Jesús de Nazaret. Los hechos que narran los Evangelios son imposibles de probar, salvo por apenas uno o dos escritos independientes de cronistas de aquella época, pero que podrían haber sido manipulados y transformados para que digan exactamente lo que dicen.

Para los cristianos fundamentalistas, la sola idea de que Jesús no sea un personaje histórico, es repugnante. Toda su religiosidad se basa en la creencia de que los hechos que narran los evangelios son históricos, hasta la última coma. Se aferran con uñas y dientes a la idea de que cuanto se dice en ellos es la verdad absoluta, y si se llegase a probar arqueológicamente que Jesús no existió del modo que ellos creen, toda su fe se vendría abajo, lo que demuestra que su fe es muy frágil. Es una fe basada en creencias rígidas y ciegas, ideas construidas mentalmente sobre la base de unas cuantas historias escritas en tiempos posteriores a la muerte de Jesús, por personas que no le conocieron personalmente. Una fe así, no resiste los vendavales de las dudas. La fe no puede ser únicamente una creencia ciega.

En esto el budismo lleva una ventaja al cristianismo. Buda no pretendía que se creyese lo que él decía, de manera ciega, sino que aconsejaba a sus discípulos que comprobases por sí mismos cada una de las enseñanzas que él daba hasta estar seguros de que eran ciertas, y que solo después las tomasen como válidas. Los cristianos deberían hacer otro tanto con las enseñanzas de Jesús, antes de aceptarlas como válidas. Si simplemente las creen sobre la base de que vienen en cuatro evangelios, su fe nunca pasará a ser una fe madura. Por ello necesitan algo más que leer el evangelio: tienen que experimentarlo por sí mismos. Ver con los ojos de Jesús, y oír con sus oídos. Convertirse ellos mismos en Cristo, en una palabra.

En el Zen, la meta de todo el que lo practica, es precisamente esa. En el Mumonkan, está escrito:

S i atraviesas la barrera, no solo verás a Joshu (el gran maestro zen chino) frente a frente, sino que también iras de la mano con los sucesivos Patriarcas, enredando tus cejas con las suyas, observando con los mismos ojos, escuchando con los mismos oídos.

El problema es que los cristianos en general (y los católicos en particular) se niegan a sí mismos esa posibilidad, debido a la imposición que les ha sido hecha durante más de mil años por sus autoridades religiosas. A los cristianos se les inculca desde niños, que ellos están separados de Cristo, y que pensar de otra manera sería una herejía. Ningún cristiano (salvo contadísimas excepciones) llega a una experiencia de unidad con Dios. Y sin embargo, esa es la buena notica del Evangelio, precisamente. No otra. Pero esta buena noticia no solo se les oculta sistemáticamente por aquellos que deberían anunciársela, sino que intentar seguirla hasta no hace tanto podía constarles la vida por herejes.

Y sin embargo, el Nuevo Testamento lo dice a menudo (y muy claramente) en las cartas de los Apóstoles. Esas cartas deberían tomarse mucho más en serio que los mismos evangelios, debido a que son los escritos más antiguos que se tienen dentro de la tradición cristiana (anteriores a los citados evangelios). Esas cartas están escritas por personas que conocieron a Jesús en persona, además. Son sus discípulos más allegados. Supuestamente estuvieron con él hasta su muerte, y oyeron de su boca las enseñanzas. Y, aunque esas cartas no tienen que ver necesariamente con la comunicación de dichas enseñanzas a otras personas, sí que hay en ellas claros indicios de hacia dónde apuntan.

Veamos esta, por ejemplo:

Comienzo de la primera carta del apóstol san Juan (1,1-4):

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

San Juan habla de manera clara, de una experiencia colosal de iluminación. Puedes darle otro nombre, como experiencia mística, experiencia interior o despertar. Le puedes llamar satori, igualmente. Habla de “lo” que existe desde el principio, lo que el apóstol a oído (no de la boca de Jesús, en este caso). Lo que ha visto (ya que la vida, lo invisible, se hizo visible). Eso es la vida eterna, nada menos, y es lo que anuncia en su carta. El nombre que le da a “eso” (lo que no puede nombrarse) es el Padre y su Hijo Jesucristo. Los nombres son muy conocidos en toda la tradición cristiana, aunque no así lo que encierran. Muy pocos parecen haber alcanzado a experimentarlo de manera directa. Y sin embargo, la buena noticia no es decir que tal experiencia la he tenido yo, el apóstol Juan, sino que la puedes tener tú, el que lee la carta.

En las epístolas del Nuevo Testamente aparecen pasajes de este tipo, con cierta frecuencia, y son los pasajes más antiguos que se tienen sobre Jesucristo, no como personaje histórico (pues rara vez hacen referencia a acontecimientos de su vida) sino como experiencias de la realidad esencial, que ellos llaman precisamente Jesús, Jesucristo, Hijo… O Padre. Estamos hablando de los escritos más antiguos del cristianismo, nada menos, y no son exactamente relatos sobre su vida y milagros como personaje histórico (casi no se dice nada sobre eso en las epístolas) sino que son más bien consejos y asuntos personales, sin una aparente intención “evangelizadora”, en el sentido proselitista. Las epístolas de los apóstoles dicen mucho más de lo que aparentan.

Mirado de esta manera, la existencia histórica de Jesús es irrelevante. Tanto si existió un personaje histórico, como si no, lo esencial permanece intacto, porque lo esencial es la experiencia misma del Hijo, no la existencia del Hijo en una persona llamada Jesús de Nazaret. Pero esto, los cristianos en general, tardarán mucho en entenderlo, ya que han sido programados desde la época del emperador Constantino para creer en un Jesús histórico, tal y como viene narrado en algunos de los evangelios (no en todos, pero sí en los cuatro evangelios canónicos, que son los que se leen a diario en las misas) Y el punto esencial, es precisamente ese: creer.

Mi intención al escribir es contribuir desde mis menguadas fuerzas (y mi experiencia personal con la meditación zen), a crear el puente necesario entre oriente y occidente que pueda ayudar a los llamados “creyentes” en Jesús, a tener por sí mismos la experiencia necesaria para poder creer de verdad (que es a lo que se refieren los apóstoles en sus epístolas, cuando hablan de creer, por supuesto). El Zen no se queda en una mera creencia, por supuesto, sino que trasciende las doctrinas y apunta directamente a, lo que allí se llama, el centro de la mente. (El Hijo, o el reino de los cielos, en lenguaje cristiano) Y para llegar a ese “lugar” hay que hacer un esfuerzo importante. Un esfuerzo que algunos koans enseñan muy bien cómo debe llevarse a cabo.

Así, el caso 43 del Hekiganroku nos da una pista muy valiosa. Este koan dice esto más o menos:

Un monje preguntó a Tozan, “¿Cuándo el calor y el frío vienen, cómo pueden eludirse?” Tozan le responde, “¿Por qué no vas al lugar donde no hace ni frío ni calor?” “¿Qué clase de lugar es ese, donde no hace ni frío ni calor?” preguntó el monje. Tozan respondió, “Cuando hace calor, deja que el calor te mete. Cuando haga frío, deja que el frío de mate”

Este es un koan de un valor incalculable, no solo porque nos enseña un método sumamente práctico de alcanzar (o acercarnos, al menos) al despertar, sino porque es un método que los cristianos pueden aplicar también, ya que es de hecho una forma de oración. El monje habla de calor y frío, pero podríamos igualmente añadir otros problemas, como por ejemplo el hambre o el dolor físico. Hoy muchos cristianos parecen creer que Jesús vino a algo así como liberarnos del dolor, el hambre y las enfermedades. Tienen ese tipo de ilusiones en su cabeza, cuando intentan ayudar a los que sufren. Esté bien ayudar, qué duda cabe. Pero cuando un problema desaparece, otro toma su lugar inmediatamente.

¿Y qué decir cuando los problemas no pueden resolverse? Jesús clavado en la cruz es el arquetipo de persona en problemas que no pueden resolverse. Esa situación no resulta del agrado de nadie, pero la vida nos puede llevar a ella por caminos diversos. ¿Qué ocurre cuando una persona se encuentra en la fase terminal de un cáncer, por ejemplo? Se puede sin duda ayudar a paliar los dolores, pero no se pueden eliminar. La persona que se encuentra así, si supiera enfocar su mente adecuadamente, podría llegar a trascender esa situación, sin más ayuda que la del poder de concentración de su mente. Nadie enseña esto salvo los maestros de zen, pues al parecer son casi los únicos que toman la mente ordinaria como el camino (otro nombre para “eso”)

“Cuando hace calor, deja que el calor te mate” no es una frase hueca. Si en vez de tratar de escapar del calor, te haces uno con él, hasta trascender el ego, se llega al lugar donde no hace calor, ni frío ni hay dolor. Ese lugar no es otro que el aquí ahora. Estamos ya en él. Solo el ego nos separa. Con todo, el ego es solo una ilusión, y podemos transcenderlo sin tanta dificultad como parece. El camino para trascender el ego no es otro que su propia aceptación. Si estamos sudando de calor, o temblando de frío, sentarnos en medio de la sensación, abriéndonos a ella y abrazándola completamente, el calor y el frío desaparecen. El ego desaparece.

En medio del zazen, hay calor y frío a menudo. Sin embargo hay algo más frecuente aún que es el dolor. Dolor de piernas, o de espalda, sin ir más lejos. Hay adormecimiento y cansancio. Pero también hay aburrimiento y dificultades psicológicas, que pueden ser incluso más difíciles de soportar. Aparecen dudas y pensamientos negativos, por supuesto. Muchas personas abandonan la práctica del zazen debido a que no pueden aceptar esos estados mentales, a pesar de sus esfuerzos. Pero el dolor, en todas sus facetas, es el camino (algo que no debe menospreciarse, por tanto)

Alguien puede plantearse que esto es masoquismo, pero no hay nada más lejano, porque el dolor no nos lo provocamos, sino que aparece por sí solo. Estamos ahí sentados, y puede que le echemos la culpa a la postura del dolor que sentimos. En realidad la postura nos causa un dolor causado por nuestra falta de flexibilidad, y la persistencia en la postura, de hecho soluciona aquello que nos causa dolor de piernas. Con el tiempo, el dolor de piernas se irá haciendo menor, pero aparecerán otros dolores. El peor de ellos es el sentimiento de ego, por supuesto. La sensación de estar separados del Universo. Estar ahí sentado, siendo uno con el dolor, sea cual sea el dolor, físico o mental, es el camino.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Picar desde dentro, y picar desde fuera.


Hay un caso del Hekiganroku que hizo efecto en mí, en su dia. Este:

Un monje preguntó a Kyosei, “Yo, tu estudiante, estoy picoteando desde dentro del huevo. Te lo ruego, Maestro, pica tú desde afuera”. Kyosei dijo, “¿Pero vas a estar vivo o no?” El monje dijo, “Si no estuviera vivo, la gente se iba a reír de mí.” Kyosei dijo, “Este chico está verde”

El monje, naturalmente, se dedicaba a buscar la iluminación, y lo especifica de manera muy viva, con la imagen de un polluelo que picotea desde adentro de un huevo. Toma  la imagen de un ser que es creado como un pequeño embrión, y se desarrolla durante un tiempo dentro del cascarón, hasta que crece lo bastante como para picotear la cáscara. Eso es lo que le sucede con el que practica el zen. Durante un tiempo, la meditación le hace desarrollarse y crecer, pero siempre dentro del cascarón del ego, hasta que llega un momento en que crece lo suficiente como para sentirse estrecho allí adentro. Entonces, es de suponer que pide un koan y lo utiliza para picar la cáscara.

La forma más directa del picotear el cascarón por dentro, en efecto, es usando un koan (el koan Mu u otro similar) Este koan produce en el que lo practica una imagen similar a la que sugiere el caso del Hekiganroku. O bien picotear, o bien usar un pico para echar abajo la cárcel en la que parece que uno está encerrado. Es una sensación de lucha, ciertamente, que dura un tiempo. Pueden pasar meses o, más frecuentemente, años, hasta que se llegue a la situación que describe el caso del monje, en que se siente que la estructura del ego empieza a resquebrajarse.

¿Cómo se nota esto? Porque se llega a un momento en que aparecen claras señales. El mundo al rededor se resquebraja, igualmente. Todo parece venirse abajo. Las señales son claras, según el evangelio:

Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.

Entonces empieza a hablar de una serie de desastres (que casi todos los fundamentalistas interpretan como el fin del mundo, y en cierto modo lo es, puesto que es el fin del ego), y entonces, exclama:

Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

Y dice después:

Cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca.

Pero entonces es cuando uno necesita ayuda: La ayuda del maestro. Sin la ayuda del maestro que pique desde afuera, la situación podría alargarse mucho más, y podría suceder también que no se llegase a romper el cascarón correctamente, y el polluelo naciese defectuosamente (la iluminación sería incompleta, entonces, y esto pasa con frecuencia). El maestro es esencial, pues viene en auxilio del discípulo, como la gallina que picotea el huevo desde afuera, cuando sabe (¡atención!)  que el polluelo está ya listo para salir a la luz. Si lo hiciera antes de tiempo, el polluelo nacería prematuramente y estaría tullido, o moriría antes incluso de ver la luz. Y si espera demasiado, el polluelo podría asfixiarse dentro del cascarón. Es una situación realmente crítica.

La sensación de estar picoteando (o llamando a las puertas del cielo, como sugiere el evangelio) es algo peculiar. Uno no puede echar abajo el cascarón, ni hacer que se abra la puerta. Se está llamando y llamando, sin conseguir nada. Si uno se cansa y se marcha (es muy habitual) la puerta no se abrirá jamás. Pero entonces, ¿por qué tarda tanto en abrirse? Si se abriese antes de tiempo, el que llama no estaría preparado para ver la realidad. Se necesita un tiempo mínimo de práctica, en el que se va fortaleciendo la estructura psicofísica del cuerpo (supongo que implica más que nada, el sistema nervioso y el cerebro) El tiempo que se está ahí llamando y llamando, es como el que pasa el polluelo dentro del cascarón, desarrollándose hasta llegar a ser suficientemente maduro y fuerte.

Es algo similar a lo que nos ocurrió cuando estábamos dentro del vientre materno, en el que crecimos día a día durante nueve meses, desde que éramos una simple célula, hasta que fuimos un ser humano ya formado, con capacidad para salir al exterior y vivir independientemente. Hacen falta nueve meses aproximadamente para eso. Si se nace antes, la mayoría de las veces no se puede sobrevivir (cierto, hoy hay métodos para que hacerlo sobrevivir que no se tenían en el pasado)

El evangelio está lleno de citas sobre esto. “Os es necesario nacer de nuevo” dice Jesús en cierto pasaje. Y es exactamente la imagen que sugiere el caso del Hekiganroku. Nacer. Y una vez se nace de nuevo, ¿qué pasa? Hay que empezar una nueva vida. Así es como yo lo recuerdo. El nacimiento a la nueva vida es repentino. Brutal, incluso. Lleva tiempo asimilar que se es un buda. No es lo que uno pensaba, es algo completamente diferente. Es la realidad, pura y llanamente. No cambia nada, pero cambia todo.

No es lo mismo ser un buda sin cuerpo físico que un buda con cuerpo físico. Si se sale del cuerpo físico (porque se sale) y se mora en la vacuidad, no hay tentaciones, ni invitaciones a volver al fango. Pero si se vuelve al cuerpo físico, este guarda memorias de cuando se era gusano.

La joven mariposa siente nostalgia

Del fango por el que se arrastraba

Cuando era gusano

Como cristiano que fui, y que he vuelto a ser (desde mi experiencia de zen), por decisión propia, me dedico a estudiar el evangelio con la misma actitud con la que estudié los koans. La mayor parte del evangelio no tiene mucho que ver con los koans, pero hay pasajes (generalmente cortos) que guardan un completo paralelismo. Podrían utilizarse incluso como koans, para guiar a los que empiezan, en caso de que fuesen cristianos.

Hay quienes se preguntan cómo oraba Jesús. Curiosamente, el mismo evangelio lo dice:

Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba.

Se sentaba de rodillas (por lo menos en esa ocasión), es decir, en la postura que los japoneses llaman seiza (también los fundamentalistas toman esto como que Jesús oraba de rodillas, sin sentarse, lo cual es para mí más que dudoso, porque de esa manera no se puede orar toda la noche, como él oraba). Seiza es una buena postura, tan buena o menor que la postura con las piernas cruzadas. Tiene la ventaja sobre esta, de que no es necesario ir cargado con cojines de aquí para allá. Sentarse sobre las rodillas, es algo inmediato, y puede uno hacerlo en cualquier lugar, y la espalda se pone igual de derecha que cuando uno se sienta con las piernas cruzadas. Pero muchos no aguantan sentarse así, porque les duelen los empeines de los pies.

Pero se siente uno, como se siente, la cuestión está en orar-meditar. ¿Y cómo se hacía esto según el evangelio?. El evangelio no habla de una técnica, propiamente, pero existen soportes para la oración. Huineng, el sexto Patriarca chino, al que se considera el verdadero inventor del zen, no habla tampoco de ninguna técnica, cuando enseña a otros sobre cómo meditar. En el zen actual, se habla de observar la mente y dejar ir los pensamientos, pero Huineng, en cierta ocasión advirtió contra esa idea:

Instruida Audiencia, algunos maestros de meditación instruyen a sus discípulos que observen su propia mente para tranquilizarla, y así lograr que cese su actividad. De ahí en adelante los discípulos abandonan todo esfuerzo de la mente. Las personas ignorantes se vuelven locas por tener mucha confianza en tales instrucciones. Tales casos no son raros, y es un gran error enseñar a otros a hacer esto.

En la actualidad hay muchos maestros que dan ese tipo de enseñanzas. Enseñan a observar la mente desde fuera, diciendo que hay que soltar los pensamientos. Tales técnicas son incorrectas, según Huineng. La oración tal y como la enseña Jesús, no va en esa dirección tampoco. Él no habla de ningún método para orar, ni da técnica alguna, pero dice muy claramente en qué consiste la oración. En cierta ocasión dice:

Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.

Se trata, por tanto de estar alerta, no de observar la mente. Estar vigilantes, para que, en cuanto que el señor llame, se le abra al instante. El señor es claramente la experiencia íntima de la naturaleza esencial propia. Cuando uno  se siente a meditar, no debe por tanto estar haciendo nada. No tiene que procurar un estado mental de paz, ni ninguna experiencia. Tiene simplemente que estar alerta, ahí sentado, sin procurar nada. Y cuando la experiencia íntima de la naturaleza búdica aparezca, abrirse a ella inmediatamente. Mientras espera, puede seguir la respiración, para estar atento, (e incluso contarla, al principio), pues esto hace que la mente esté siempre despierta y atenta. Luego no hace falta concentrarse en nada concreto. Solo estar ahí, presente. Es sin duda el shikantaza.

Pero hay otro modo de orar, según explica el evangelio, similar a la práctica del koan. Esa práctica es más bien como llamar a la puerta sin cesar, o picotear el cascarón. A esto se refiere Jesús cuando dice:

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?

Verdaderamente si se le llama con verdadera insistencia, Dios no se hará esperar. Pero no hablamos de un Dios separado y fuera de nosotros, sino de aquel que mora en nuestros corazones. Él no se hará esperar, porque es como un padre bondadoso que mira por nosotros. (O una madre bondadosa). En realidad está más cerca de nosotros, que nosotros mismos. Está siempre presente, y nos ama día y noche. ¿Cómo va a dejarnos solos más tiempo del necesario?

Pero tiene que esperar lo suficiente, para que estemos listos. No podemos pedir, y obtener lo que pedimos al instante. Para nacer, tenemos que desarrollarnos dentro del cascarón, y ser lo suficientemente fuertes como para resistir la luz. Él vendrá a nosotros en el momento en que menos lo esperemos.

Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?

Ah, esa es la cuestión más importante de todas. Tener la fe necesaria. Estar preparados para aceptarle. Ser capaces de soportar su luz, sin huir. Porque él te dará a elegir, y te invitará a seguirle, pero si miras hacia atrás como la mujer de Lot, quedarás convertido en estatua de sal. Cuando te invite a seguirle, no lo dudes. Ten fe. Si vacilas, caerás al mar embravecido y sus olas te tragarán.

En cuanto al caso del principio, y para terminar. Kyosei le da un fuerte picotazo al cascarón: ¿Pero vas a estar vivo o no? El monje está vivo ciertamente: Si no estuviera vivo, la gente se iba a reír de mí. Kyosei ataca de nuevo, muy al estilo zen otra vez: “Este chico está verde” Señal de que la fruta está en su mano. Verde, todavía, pero ya la tiene. Y, ahora sí, es cosa de tiempo. La iluminación parecerá irse, pero seguirá ahí, sin que se note, madurando poco a poco. Luego, cuando esté madura, verá que no se fue, solo lo parecía.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una visión en un sueño


Los sueños son para mí a menudo un modo de recibir enseñanzas. Me suelo levantar a las 5:30 h y hacer una hora de meditación. Luego vuelvo a tumbarme hasta la hora del desayuno, que en mi caso es bastante tarde (a las 9:00 h) En ese tiempo me pongo vídeos y los oigo (más que los veo, pues estoy con los ojos cerrados, casi todo el tiempo) A veces me duermo mientras los escucho, y en ocasiones tengo sueños muy vívidos y luminosos. Esos sueños pueden transmitirme verdades que considero siempre de mucho valor.

Esta mañana (hace tan solo un rato) tuve uno de tales sueños, que me hizo comprender aquello con lo que empecé a escribir este libro (“Vivir con la iluminación siempre presente”) En ese capítulo escribí como la claridad se marchó de mi lado, cuando di un golpe seco en la mesa para reprender a una alumna que estaba comportándose de un modo insolente. Cuando era profesor daba a veces golpes en la mesa con la mano, o levantaba la voz, para que los alumnos atendiesen. No había más remedio. Era mi modo de mantener la disciplina. Era un método personal, pues mi idiosincrasia como profesor se ha basado siempre en mi voz, que es bastante fuerte.

Cuando uno vive en la claridad, tal comportamiento es imposible, no porque sea inadecuado, sino porque no puede actuar de esa manera. Está fuera de lugar enfadarse (aunque sea solo de manera pasajera) y levantar la voz, o dar un golpe seco en la mesa, por el motivo que sea. Es imposible, porque la claridad lo impide. No es que uno decida no hacerlo, sino que viviendo en la claridad, lo único que puede hacer es… no hacer nada. No hacer nada, en el sentido de no intervenir, no actuar. Uno solo puede dejar que las cosas sucedan, sin interferir con ellas.

Eckhart Tolle, por ejemplo, dice que tras su iluminación se dedicaba a vagar por los parques de Londres sin hacer nada. Se sentaba en los bancos del parque y se quedaba allí durante horas, sin moverse. Lo entiendo perfectamente. De esa manera la iluminación está siempre presente, y supongo que es lo que en oriente les sucedía a los iluminados. Se sentaban en algún sitio con las piernas cruzadas sobre el suelo, y no se movían en horas, días e incluso años. La India es un lugar especialmente bueno para iluminarse, porque la gente respetaba a las personas que se iluminaban (aunque esto ya parece que ha cambiado bastante). Una persona iluminada puede allí tranquilamente quedarse quieta, morando en su iluminación, sin salir de ella, sintiendo cuanto apenas lo que sucede, siendo consciente de vez en cuando de lo que perciben los sentidos, pero ajena casi por entero a ello, viviendo fuera del tiempo. Así es la mente iluminada.

Hace un rato estaba soñando que yo era una de tales personas, y vivía en ese estado de claridad. Al parecer llevaba viviendo así varios meses, y tenía que ir a trabajar a un instituto como profesor, pero mi mente era incapaz de salir de ese estado de claridad. De hecho, viviendo fuera del tiempo, era incluso incapaz de llegar a tiempo a las clases. Sin poder mirar el reloj  y controlar la hora, es imposible llegar a tiempo a ninguna parte. E incluso es imposible levantarse y coger un coche. En el sueño, no sabía ni qué hora era, ni en qué día estaba. Sabía que tenía que ir al instituto, pero no podía ni orientarme. Era una extraña sensación. Mi mente estaba en ese estado de claridad (el sueño reflejaba esa claridad mental, realmente) y no había ninguna preocupación de fondo, pero cuando quería entrar en lo concreto, le resultaba imposible.

En el sueño aparecía un profesor que era compañero mío en mi último instituto (mi  jefe de departamento), que venía y me decía “Mira, Miguel, la jefa de Estudios ha hablado conmigo para que te diga que así no puedes seguir. Hay días que ni siquiera apareces por el instituto, y no traes ningún justificante médico. No llega a tiempo a las clases, ni pones notas. No explicas nada. Los padres han venido a protestar varias veces” Yo escuchaba atónito todo esto, pero envuelto en la claridad, como estaba, no podía realmente reaccionar. Quería hacerlo, pero mi mente seguía “ida” completamente. No podía centrarse en lo concreto.

Entonces, me subí al coche con ese profesor y fui al instituto. No sabía cuánto tiempo llevaba sin ir. Sabía que mis clases estaban abandonadas, porque ni siquiera iba a ellas. “A partir de ahora me dedicaré al trabajo” me decía, pero mi mente volvía al estado de claridad y no podía abandonarlo. Ese estado me absorbía completamente, de un modo que era imposible de explicar. Llegué a mi clase, y los alumnos estaban esperándome en la puerta del aula (era un laboratorio de química, bastante antiguo) Entraba con ellos en el aula, y me sentaba, tratando de organizar mis ideas. Había unos papeles con prácticas de química (yo he sido profesor de laboratorio bastante a menudo) para hacer. Las leía, pero no entendía nada. Me costaba muchísimo aterrizar en algo que tuviese que ver con lo racional.

Entonces los alumnos empezaban a burlarse y a ponerse maleducados. Me decían cosas rudas, se reían, llegaban a amenazarme (estas cosas son normales en los institutos, hoy día) Me preguntaban por qué no había ido a clase en tanto tiempo. Yo trataba de responder, pero no podía dar una respuesta aceptable. Balbuceaba que había estado enfermo, que no me había sentido bien, pero por dentro sabía que no decía la verdad, y el no decir la verdad era completamente repulsivo, en el estado en que me encontraba. “He estado con depresión”, decía. En el estado de claridad, en que me encontraba, decir que tenía una depresión era lo más próximo a la realidad que podía decirse. ¡Que absurdo es todo en el mundo en que vivimos! Pensaba.

Los alumnos veían que yo no podía manejarme con las hojas de prácticas. Notaban que mi estado mental no era normal. Empezaban a meterse conmigo, y yo no podía reaccionar del modo en que solía. No podía enfadarme, ni imponer la disciplina de la manera que solía. No podía tampoco pensar del modo habitual. Mi mente se había liberado del pensamiento (¡por fin!) y el resultado es que los pensamientos racionales no existían en el estado de claridad en que me encontraba. Era la situación más terrible que pueda imaginarse: un profesor que no puede pensar racionalmente, es lo más absurdo que existe. Y sin embargo, ese era yo. Un iluminado, podría decirse. Y entonces entré en un estado de desesperación, incapaz de hilar los pensamientos. Fue cuando desperté y sentí que aquello era un sueño.

No era una pesadilla, puesto que estaba en estado de claridad. El sueño era luminoso y mi mente estaba en un estado de claridad. Es solo que la situación en que me encontraba, debido a esa claridad, me había llevado a la angustia. Entonces comprendí algo se me ha estado escapando, una y otra vez, durante años y años: la iluminación no puede quedarse, porque si se quedara, uno se vería en un lío asombroso. La iluminación tiene que marcharse, a no ser que sea uno el que se marche a vivir con la iluminación. Es lo que he dicho precisamente en este libro, y este sueño que acabo de tener lo confirma. Los iluminados de esta sociedad tienen que vivir sin iluminación, porque si vivieran con ella, la sociedad acabaría con ellos.

Y pensándolo ahora, me parece comprender por qué morían los cristianos en los circos con las fieras, y por qué morían los llamados herejes en las hogueras. Siempre me he preguntado por qué no se declaraban apóstatas y se salvaban. Ahora creo comprenderlo: no se les pedía apostatar de sus ideas. ¡Se les pedía apostatar de su iluminación! Se les pedía que dejasen a un lado ese estado, si es que querían seguir viviendo. Hay algo en la mente en que uno decide voluntariamente si quiere seguir con ello o no. Si decides seguir iluminado o dejarla y volver al estado “habitual”. Hay una decisión personal al respecto. Si quieres vivir o morir. Vivir es estar en el estado de claridad, y morir es abandonarla y entrar en el mundo racional, donde se ha forjado y se forja día a día, nuestra sociedad: Es mundo. He encontrado la respuesta, por tanto, gracias a ese sueño, y seguiré escribiendo más tarde sobre ello.

El mismo Jesús murió por la misma razón. Cuando se declaraba hijo de Dios, estaba diciendo que vivía en estado de iluminación. No podía usar otras palabras para explicarlo. Sus contemporáneos le rechazaban por eso. La sociedad judía era una sociedad no iluminada, en la que vivir de esa manera era imposible. Jesús pudo marcharse y vivir en el desierto, no obstante. Si decidió ir a Jerusalén, donde sabía que le esperaban para matarle, es porque el Espíritu le llevó allí. Dar la espalda al Espíritu, es dar la espalda a la iluminación. Hay que ir a donde toque.

Sospecho que los humanos que se establecieron en comunidades agrícolas, durante la época que se llama el Neolítico, fue porque habían dado un paso en la dirección de la mente racional. Conforme se fue desarrollando la mente racional, las pequeñas aldeas  se convirtieron en ciudades, luego en megápolis, y por fin en imperios. Y entonces apareció lo que Jesús llama “el mundo”. Sociedades en las que se vive de espaldas a la mente iluminada, bajo la pantalla de la mente racional. Sociedades pobladas por individuos que se sienten aislados, separados unos de otros, y separados del Universo. En el mundo no es posible vivir la iluminación. El mundo busca siempre, de un modo u otro, librarse de las personas iluminadas.

Pero ha habido una sociedad que ha sabido en el pasado, no solo no ir contra las personas iluminadas, sino que las ha sabido acoger y cuidar: La India. La India ha traído al mundo a personas iluminadas constantemente, y no las ha perseguido. El caso de Buda es el más evidente de todos. Buda fue aceptado e incluso apoyado por reyes y personas de mucha influencia social. No tuvo que vivir escondido, sino que lo hizo de un modo abierto y sin tapujos, y no sufrió demasiada violencia en contra. Su muerte fue apacible, según se dice, y a una avanzada edad. Todavía cuando yo estuve allí, en el año 84, había muchos sadús (personas que vivían de espaldas a la sociedad) que iban de un lado a otro, siendo respetadas (e incluso veneradas, en algunos casos) En la India, las personas iluminadas han encontrado su hogar. Si se lee el libro “Autobiografía de un  yogui”, de Paramahansa Yogananda, se entiende mejor lo que digo.

Y termino diciendo que me parece ver algo en el horizonte que puede significar un cambio de importancia, para las sociedades occidentales (u occidentalizadas, que son todas ya, prácticamente) El gran cambio es que las personas, en estos tiempos, viven muchos años. Debido a eso, se abre una posibilidad sin precedentes, porque las personas que se jubilan, tienen por delante todavía bastantes años, en los que podrían iluminarse si ponen de su parte el esfuerzo necesario. Y, lo que es aún más importante, podrían vivir iluminados, porque no tendrían que trabajar.

No soy un visionario, pero imagino una sociedad donde las personas de edad y los ancianos, lejos de ser una legión de almas en pena, se conviertan en sabios solitarios (o viviendo en comunidades) que influencien, debido a su gran número, a la sociedad en su conjunto. Envío a todas las personas que lean este libro, todo mi apoyo y mi energía mental, para que logren la iluminación, y puedan vivir de acuerdo con ella, llegado su tiempo. Los que ahora son ya viejos, lo tienen muy difícil, pero los que ahora son todavía jóvenes, cuando lleguen a esa edad, pueden retirarse y vivir en ermitas (también en ermitas urbanas) o pequeños monasterios incluso, y su influencia sobre la sociedad será más que evidente en pocas décadas.

Ojalá mi visión no sea solo un sueño.

martes, 1 de noviembre de 2016

Mirad como oís

En el caso 11 del Hekiganroku se discute sobre la existencia misma del maestro de Zen.

Obaku instruyó a la asamblea, diciendo, “Todos vosotros sois bebedores de posos (de té). Si continuáis siguiendo vuestro Camino de esa manera, ¿dónde se quedará el Hoy? ¿No sabéis que en el gran imperio de Tang, no hay un solo maestro de Zen?” Entonces un monje se acercó y dijo, “¿Qué dirías ante el hecho de que en varios lugares hay personas que aceptan estudiantes y dirigen sus asambleas?” Obaku dijo, “No digo que no haya Zen; solo digo que no hay maestros”

Hoy también hay lugares donde se aceptan estudiantes y se dirigen asambleas. Esos lugares existen en todas las tradiciones. Tanto en el budismo (todos los budismos) como el cristianismo (al menos en las ramas ortodoxa y católica), existen monasterios donde los buscadores pueden ir a residir, sea por un tiempo o para siempre. Esos sitios están regidos por un monje Abad, que es quien hace las veces de maestro, y dirigen las asambleas. Sin duda, merecen nuestro reconocimiento y respeto.

Para poder vivir de acuerdo a sus preceptos, los monjes necesitan de lugares de práctica como esos. Los monasterios son sitios de práctica y entrenamiento, para monjes, evidentemente. Donde mejor se puede llevar una vida de recogimiento y oración-meditación, es sin duda en monasterios. Los monasterios budistas zen están abiertos a los laicos que quieren acercarse a pasar un tiempo, pero no así los cristianos, que mantienen sus puertas cerradas a los laicos. En principio uno piensa que deberían hacer como los budistas, y abrir la entrada a personas que quieran pasar un tiempo residiendo con los monjes.

De todas las órdenes monásticas que hay en el catolicismo, solo hay una que llama poderosamente mi atención: los cartujos. Mientras como, me pongo vídeos sobre vida monástica, porque me inspiran mucho. El mejor momento para verlos es cuando hago mis comidas solo. Me pongo el móvil delante y me bajo un vídeo de Youtube. Es por eso, sobre todo, que considero que es bueno tener Internet, por los vídeos que pueden verse. Hay muchos vídeos que pueden ayudarte a llevar una vida solitaria, recogida y centrada. No dejes de aprovechar las oportunidades que da la tecnología (aunque exista el peligro de perder el tiempo más de lo necesario, a ratos)

Hay un vídeo que es muy recomendable, para verlo, no una, sino muchas veces. Su título es “El gran silencio” (puede verse gratis, en versión original) Puesto que los cartujos no hablan casi nunca, el vídeo tiene que ver sobre todo con imágenes, estando la banda sonora reservada a sonidos naturales y ruidos dentro del monasterio, aparte de los cantos en el coro. Cuando se ve a los cartujos realizar sus tareas cotidianas, se nota la fuerza de una vida en silencio. (La película estuvo rodada con un equipo de cámaras que tuvieron permiso para filmar cuanto quisieran, siempre que no interfirieran en la vida monástica)

Ese y otros vídeos me han enseñado mucho más de lo que podría imaginarse. No es lo que dicen (pues como digo, nadie habla prácticamente en toda la película), sino lo que hacen. Y, sobre todo, como lo hacen. No hacen nada especial, tampoco. Por ejemplo, una escena es un monje lavando su cuchara. ¿Puedes creer que esa escena me ha enseñado a fregar los cacharros, como es debido? Al ver la escena del monje fregando su cuchara, algo en mí pareció captar la esencia. Fregar una cuchara puede ser el acto más importante del día. Mucho más importante que orar, hacer zazen o recitar sutras. Así que cuando friego los cacharros ahora, me meto en la tarea con mucho más interés, como si mi vida dependiera de cada cubierto que friego.

Esto me lleva al koan del Mumonkán, sobre un monje que lava un cuenco:

Un monje le dijo a Joshu: “Acabo de ingresar al monasterio. Enséñame por favor” “Ya has comido tu arroz” Preguntó Joshu. “Lo he comido” respondió el monje. “Entonces será mejor que laves tu cuenco” le dijo Joshu. En ese momento el monje quedó  iluminado.

¿Cómo es posible que un monje se ilumine lavando un cuenco? Es completamente posible. Y si ya se ha iluminado, volverá a hacerlo si lava un cuenco poniendo en ello toda la atención. No es solo el zazen lo que ilumina. Ni mucho menos. No estoy diciendo que no practiques zazen. El zazen hay que practicarlo, no hay duda de ello. Si  yo dejara de practicar zazen, viviendo solo en esta ermita, mi esperanza de vida dentro de ella bajaría drásticamente. No creo que pudiese pasar más allá de un par de días o tres viviendo aquí, sin practicar zazen. De pronto la casa se me caería encima. ¿Qué estoy haciendo aquí solo? Me preguntaría constantemente. ¿Para ver la TV y navegar por internet me he venido a este sitio perdido en ninguna parte?

Jesús repite algo varias veces en el evangelio:

El que tenga oídos para oír que oiga.

En cierto pasaje del evangelio de Lucas, va más lejos:

Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará.

Resulta muy peculiar que repita una y otra vez que oigamos, y que insista en que miremos como oímos. Nunca he visto que nadie le dé importancia al hecho de que insista tanto en ello. La interpretación más común es que lo que quería decir es que la gente pusiese atención en lo que hablaba. Pero yo entiendo que puede haber un significado distinto. Un significado nada oculto, sino totalmente abierto a todos para ser entendido. Cuando Jesús dice “el que tenga oídos para oír, oiga”, está diciendo que hagamos justamente eso: oír. No sus palabras únicamente, sino cualquier otro sonido que capten nuestros oídos. Oír. Simplemente oír. Y en el pasaje que he citado, va incluso más lejos: Mirad cómo oís.

Uno de los koans que se puede dar en el zen a los que empiezan, dice algo muy parecido: ¿Quién es el que oye? A mí se me dio este koan cuando ya llevaba mucho tiempo practicando, y había pasado ya la mayor parte de los koans. Había llegado a un punto en que la práctica parecía haber perdido lustre, y había entrado en una fase apagada y rutinaria. Ese koan la despertó. Desde entonces llegué a la conclusión de que el sentido del oído es que más importancia tiene cuando se medita. La vista, suele considerarse una distracción, por lo que se dice que no miremos nada, aunque tengamos los ojos abiertos, sino que los mantengamos fijos en un punto delante de nosotros. Tacto, gusto y olfato no tienen especial importancia cuando hacemos zazen. ¿Pero, el oído? El oído puede ser nuestro mejor aliado en la práctica (no solo en el zazen, sino en cualquier otro momento)

Un koan es como una espada afilada que corta la ignorancia. El problema es que, cuando se pasa, deja de surtir efecto. El koan tiene una solución, que se presenta en el dokusan (entrevista con el maestro) Cuando se busca la solución, el koan tiene la propiedad de absorber nuestra atención de un modo intenso, pero luego, cuando ya se ha pasado, deja de hacerlo. Lo importante de un koan es que absorba toda nuestra atención. Por eso suele ser una pregunta. Pero cuando ya se sabe la respuesta (la cual viene en el momento en que el koan absorbe toda nuestra atención), el koan deja de tener su poder.

Jesús no plantea una pregunta, sin embargo. Dice “mirad como oís”. Esto es algo que puede tomarse como forma de práctica Oír. Simplemente oír. Siempre que estemos sentados haciendo zazen, o haciendo otras cosas (no importa qué, pues se puede combinar con casi todo lo que hacemos) debemos estar atentos a lo que oímos. Yo practico a menudo de esta manera desde hace tiempo. Oigo. Simplemente oigo. Pueden oírse sonidos o ruidos, pero también se puede (y esto es particularmente importante) oír el sonido del silencio. Cuando no se oye nada, se oye el silencio. Y cuando se oyen otras cosas, el sonido del silencio queda como un sonido al fondo.

Ese sonido es una suerte de vibración que nuestros oídos todo el tiempo. Algo muy peculiar que sirve como elemento de concentración, ya que capta nuestra atención de un modo especial. El sonido del silencio es considerado en el yoga como el sonido del OM, la vibración primordial de la que surge todo cuanto existe. Hay un canto cristiano que dice: “Calla y escucha. Pon atento el corazón” Es algo que puede ponerse en práctica cuando meditamos. Algo muy intenso. No hace falta hacer nada de particular, solo escuchar. El sonido del silencio nos absorbe más y más, y podría llegar a absorbernos totalmente. Es como una música que no cesa. Es la voz permanente de Dios. Yo me concentro en ella a menudo. Es una voz que nos enseña a volvernos hacia dentro y recogernos en nosotros mismos. Esa voz interior es el maestro, que nos habla sin palabras todo el tiempo. Escuchémosla.

El maestro se encuentra siempre con nosotros, pero no le escuchamos, y por eso vamos a buscar un maestro fuera. El maestro de fuera solo nos pone en contacto con nuestro maestro interior. No tiene otra función. Cualquier maestro que haga otra cosa, que no sea esa, no es un maestro de fiar. La función del maestro de fuera, es guiarnos hasta el maestro interior, y desaparecer una vez este se nos manifieste. Realmente no tiene otra función. Pero es una noble función, la de guiar a otros hacia su verdadero maestro. El maestro interior, es nuestra verdadera identidad. No necesita enseñarnos con palabras, ni tiene que darnos una enseñanza detrás de otro. Nos lo comunica todo en un instante. No necesita nada más que un instante. Toda su enseñanza entra en nosotros como un relámpago, y en ese mismo momento, cesan todas nuestras dudas. Nadie es capaz de comunicar a otros lo que se le ha comunicado y se le comunica en todo momento. No podemos poner en palabras esa sabiduría. Solo podemos ayudar a otros a caminar hacia ella.

La sabiduría no nos vuelve santos de la noche a la mañana. Seguimos siendo pecadores, en el sentido correcto de la palabra: la palabra “pecar” viene del griego, y  significa errar el tiro. La idea que se ha transmitido en el cristianismo, por parte de las Iglesias, es erróneo. No es que ofendamos a Dios (Dios no se ofende por nada, es ridículo pensar lo contrario) Ni hace falta que Dios nos perdones (por supuesto nos perdona) Somos pecadores cuando erramos el tiro, es decir, nos salimos del Camino (el Tao) Entonces hay que volver a él. ¿Cómo? Un cristiano pide perdón a Cristo de corazón, y hace el propósito de no salirse más. Pero por supuesto vuelve a salirse.

Somos pecadores, mientras estemos en el mundo. Por mucho que nos acerquemos a la fuente de la sabiduría interior, mientras estemos en un cuerpo físico, no llegamos a alcanzarla. Siempre erramos el tiro, aunque sea por milímetros. Y cuando creemos haber dado en el blanco, enseguida nos damos cuenta de que nuestra naturaleza pecadora (nuestro ego, indudablemente) vuelve a hacer que nos salgamos del camino. Y de nuevo hay que volver a él. Y aquí estamos. Y aquí seguimos.

domingo, 30 de octubre de 2016

¿Para qué me ha servido el entrenamiento con los koans?


Hay una canción que se llama “La soledad del corredor de fondo” (es la banda sonora de una película con el mismo nombre), una de cuyas estrofas dice así, traducida al castellano:

Mantén el paso, sigue en la carrera

Tu mente está más clara

Estás a la mitad de camino

Pero las millas parecen no tener fin

Como si estuvieras en un sueño

No llegando a ninguna parte

Todo parece tan fútil

Esa estrofa definió mi estado mental durante el tiempo que estuve practicando el entrenamiento de los koans. La estrofa describe lo que siente el corredor de fondo, cuando está a mitad de carrera. “Tu mente está más clara”, dice. Es la ilusión que te hace seguir, también cuando estás en la larga carrera de los koans. Nunca terminan, nunca se llega al final. Pasa uno, y otro, y otro… No llegando a ninguna parte. Hasta que un día descubres que ha sido algo fútil. No puedes más, y tiras la toalla. ¿Es esto el entrenamiento Zen? Te preguntas. No más entrenamiento Zen. A dios. Y eso significa que has llegado por fin a la meta.

Cuando pasé de los koans sentí una enorme liberación. Tuve el buen acierto de no terminarlos (ahora me doy cuenta), porque los que los terminaron hoy están de maestros zen, yendo de un lado a otro, dando sesshin, dirigiendo a sus discípulos y teniendo responsabilidades que, de seguro, superan sus fuerzas. A todos ellos les deseo suerte, desde mi ermita, donde llevo una vida tranquila y apacible. A mis lectores les prevengo para que no hagan lo que yo hice, salvo a esos pocos que quieren dedicar sus vidas a cosas tan sin sentido como averiguar cuál es el sonido de una mano, o conocer su rostro original. (Hay gente para todo, también para eso)

En cualquier caso, puesto que yo fui uno de ellos, y aprendí algo de cómo trabajar con koans, hoy me doy cuenta de que es una ayuda para llevar la vida que yo llevo. El método del koan, me influyó más de lo que pensaba. Hoy me doy cuenta de que los koans no son solo esos episodios extraños, que tienen que ver (a mayoría) con el diálogo entre un maestro zen y su discípulo. El método de koan, hoy lo aplico a mi vida cotidiana de formas diversas. Lo aplico por ejemplo a la pintura. Pinto cuadros, y cada cuadro constituye un koan. Pintar es el mismo proceso que resolver un koan. Uno se coloca frente a un lienzo en blanco, y empieza un nuevo caso que tiene que resolver.

Cuando se pinta, se tiene que plasmar la realidad, en el lienzo. Pero cuando empieza, se da cuenta de que no sabe lo que es la realidad. Al principio, parece bastante evidente que la realidad es aquello que se ve, y por tanto uno intenta plasmar con colores al óleo lo que ve, hasta que se da cuenta de que no es posible plasmar aquello que ve, porque realmente no sabe lo que ve. Y de pronto se da cuenta que está plasmando conceptos. No está trasladando la realidad al cuadro, sino sus propias ideas. Los cuadros tienen que ver mucho más con lo que se piensa que con lo que se ve. Pero uno no quiere pintar pensamientos. Quiere pintar… ¿Qué? Llegados a este punto, el pintor desearía no haber empezado nunca el cuadro, pero ya es tarde. Ya se ha empezado, y el mismo cuadro le exige continuar.

Se me clasifica como un pintor impresionista, y supongo que, de entrar en una categoría, es en esa en la que debería estar. La pintura realista no me convence (mucho menos la hiperrealista, que es la que hoy parece causar mayor impacto), y no me convence porque ser realista es imposible. La realidad no cabe en un cuadro, del mismo modo que no cabe en un libro. La realidad no puede ser pintada, del mismo modo que no puede ser explicada. Por tanto, es inútil tratar de ser realista. Lo que un pintor realista hace es imitar la fotografía, no plasmar la realidad (la mayoría pinta de fotografías, de hecho). Pero la pintura no es una imitación de la fotografía. Es un arte muy distinto.

Entonces surge algo nuevo. No se pretende pintar lo que se ve. ¿Por qué no incluir también lo que se oye y lo que se huele, por ejemplo? ¿No es posible pintar lo que se oye, dices? En el zen alguien (algún maestro chino, supongo) dijo “Ve con los oídos y oye con los ojos” ¿Qué es lo que quiso decir? No lo sé, pero en cualquier caso se trata de no ver con los ojos. Esto, para un pintor tiene sentido. Hay otro sentido, que se pone en funcionamiento cuando se llega a ese punto. Es el sentido de la estética, que tiene que ver con lo que se ve, pero no con los ojos, sino con el ojo interior. “Ese ojo interior ha captado la realidad, dejemos que nos guíe ahora que ya no sabemos lo que queremos pintar” A partir de ahí el cuadro se pinta solo (lo que no quiere decir que uno se eche a dormir y se despierte con el cuadro pintado)

Cuando me siento a hacer zazen, me siento muchas veces delante del cuadro que estoy pintando (que se está pintando, sería mejor decir), y a menudo “veo” como quiere ser pintado. (Otra cosa es que el que, esto escribe, sea capaz de pintarlo) El cuadro se convierte entonces en un koan, que debe ser mirado sin juzgar y sin pensar. El cuadro (bueno o malo) es también la realidad. La realidad incluye el cuadro, no estamos tratando de plasmar la realidad, sino que el cuadro mismo es realidad. El paisaje impresionó mi mente, cuando estuve mirándolo, y esa impresión es lo que se vio, pero no solo lo que se vio, sino también lo que no se vio.

Leo en el Evangelio de Lucas esto:

A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.

Extraño, ¿no es cierto? Estas palabras las dice Jesús, cuando sus discípulos le piden que les explique la parábola del sembrador. (Es una parábola muy conocida, y puedes encontrarla en Lucas 8, 5) La parábola no es difícil de entender, y la explicación es algo puramente banal, pero a pesar de ello Jesús se la explica a sus discípulos más allegados, después de pronunciar las misteriosas palabras que he escrito antes. ¿Es conocer los misterios del Reino de Dios, la explicación de la parábola? Si así fuera, todos los que leemos el evangelio conoceríamos tales misterios. Pero aquí estamos, con un palmo de narices, sin saber nada de tal Reino. Y lo más curioso: a los demás no se les dice nada, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. ¿Y eso por qué?

Pero a alguien que ha practicado los koans, esas palabras no le pasan desapercibidas, pues capta en ellas el aroma que tantas veces ha captado con el “estudio” de los mismos (no es un estudio intelectual, por supuesto). Léase por ejemplo el caso 94 del Hekiganroku:

El Sutra Ryogon dice: “Cuando no veo, ¿por qué tú no ves lo que yo no veo? Si contestas que yo no veo, eso por supuesto no es lo que yo no veo. Si tú no ves lo que yo no veo, entonces está claro que no es una cosa. ¿Qué es?

La respuesta a este koan, solo viene tras pasar previamente otros, como el koan Mu. Decir aquí la respuesta sería un despropósito, pero tampoco es necesario darla para ver que las palabras de Jesús parecería que van por un camino muy parecido, si no exactamente el mismo. Por tanto, Jesús está planteando algo muy similar a un koan, en ese evangelio (y no es la única vez que lo hace, ni mucho menos)

Y entonces, ¿Por qué a los demás (los que no son sus discípulos allegados) se les propone algo que va mucho más allá de una mera explicación? Bien, ese es posiblemente el punto esencial. Los demás, ¿Quiénes son los demás? Indudablemente todos, menos un puñado de personas. Tú y yo, no parece que seamos parte de ese puñado, por lo que somos los que viendo no vemos. Y yo me pregunto, ¿qué es lo que no vemos? Y esta pregunta se ajusta enormemente a la pregunta del koan, cuando dice:

Cuando no veo, ¿Por qué tú no ves lo que yo no veo?

(No hay que perder de vista que, en el koan, el que pregunta es un maestro zen)

Mi aproximación al evangelio es precisamente esta que acabo de dar aquí con un ejemplo. Pero no es el único ejemplo, ni mucho menos. El evangelio (todos ellos, no solo los cuatro sinópticos) está lleno de casos así.

Pero sería bastante injusto dejar al lector sin, al menos, un pequeño sabor de la iluminación a donde conduce el koan (también el koan de Jesús) El maestro zen dice, citando el Sutra, “cuando no veo”. ¿A qué se refiere? Se refiere sin duda a estar en la experiencia del samadhi profundo, en que no actúa ningún sentido, ni tampoco el pensamiento. Es el estado que precede al satori.  La pregunta viene a ser, ¿por qué los demás no experimentan esto también? ¿Es tan difícil de experimentar? No debería serlo, pues lo que se experimenta es la naturaleza esencial, algo que todos tenemos. Cuando éramos bebés recién nacidos, vivíamos las veinte y cuatro horas del día en ese estado (es decir, sin ver). Pero luego crecimos, y se desarrolló en nosotros el pensamiento conceptual, que nos apartó de la naturaleza esencial. Y ahora vivimos completamente separados de ella. Pero cuando se experimenta el despertar, uno se da cuenta de que lo que experimenta no es nada excepcional. Es lo que siempre está ahí. (O, mejor dicho, aquí) La experiencia del despertar, el satori, es precisamente el Reino de los Cielos.

Cuando los discípulos le preguntan qué significa la parábola, ¿Está gastándole Jesús una broma? Al decirles que a ellos les es dado conocer los misterios del Reino de los Cielos (con una mera explicación conceptual), mientras que los demás nos quedamos solo con la parábola para que “viendo no veamos, y oyendo no entendamos (lo que oímos, claro)”, parece estar diciéndoles “¡Ay que pena de hombres! Os creéis que con una explicación os estoy enseñando los misterios del reino de los cielos. Y los otros, ¡fíjate tú!, sin explicación ninguna, alcanzan el despertar”

Si así fuese, Jesús demuestra tener realmente un finísimo sentido del humor que, el que escribe el Evangelio de Lucas no parece haber captado. Es un sentido del humor muy parecido al de los maestros zen, realmente. Es la primera vez que se me antoja ver reír a Jesús, aunque sea para sus adentros. Sus discípulos se quedan con la explicación de la parábola, sin enterarse de nada.

Pues eso que decía al principio. ¿Para qué me ha servido el entrenamiento con los koans? Para  reír en mis entrañas (que no es poco).