Errante por caminos sombríos y alegres, he vuelto a casa

sábado, 5 de noviembre de 2016

Picar desde dentro, y picar desde fuera.


Hay un caso del Hekiganroku que hizo efecto en mí, en su dia. Este:

Un monje preguntó a Kyosei, “Yo, tu estudiante, estoy picoteando desde dentro del huevo. Te lo ruego, Maestro, pica tú desde afuera”. Kyosei dijo, “¿Pero vas a estar vivo o no?” El monje dijo, “Si no estuviera vivo, la gente se iba a reír de mí.” Kyosei dijo, “Este chico está verde”

El monje, naturalmente, se dedicaba a buscar la iluminación, y lo especifica de manera muy viva, con la imagen de un polluelo que picotea desde adentro de un huevo. Toma  la imagen de un ser que es creado como un pequeño embrión, y se desarrolla durante un tiempo dentro del cascarón, hasta que crece lo bastante como para picotear la cáscara. Eso es lo que le sucede con el que practica el zen. Durante un tiempo, la meditación le hace desarrollarse y crecer, pero siempre dentro del cascarón del ego, hasta que llega un momento en que crece lo suficiente como para sentirse estrecho allí adentro. Entonces, es de suponer que pide un koan y lo utiliza para picar la cáscara.

La forma más directa del picotear el cascarón por dentro, en efecto, es usando un koan (el koan Mu u otro similar) Este koan produce en el que lo practica una imagen similar a la que sugiere el caso del Hekiganroku. O bien picotear, o bien usar un pico para echar abajo la cárcel en la que parece que uno está encerrado. Es una sensación de lucha, ciertamente, que dura un tiempo. Pueden pasar meses o, más frecuentemente, años, hasta que se llegue a la situación que describe el caso del monje, en que se siente que la estructura del ego empieza a resquebrajarse.

¿Cómo se nota esto? Porque se llega a un momento en que aparecen claras señales. El mundo al rededor se resquebraja, igualmente. Todo parece venirse abajo. Las señales son claras, según el evangelio:

Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.

Entonces empieza a hablar de una serie de desastres (que casi todos los fundamentalistas interpretan como el fin del mundo, y en cierto modo lo es, puesto que es el fin del ego), y entonces, exclama:

Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

Y dice después:

Cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca.

Pero entonces es cuando uno necesita ayuda: La ayuda del maestro. Sin la ayuda del maestro que pique desde afuera, la situación podría alargarse mucho más, y podría suceder también que no se llegase a romper el cascarón correctamente, y el polluelo naciese defectuosamente (la iluminación sería incompleta, entonces, y esto pasa con frecuencia). El maestro es esencial, pues viene en auxilio del discípulo, como la gallina que picotea el huevo desde afuera, cuando sabe (¡atención!)  que el polluelo está ya listo para salir a la luz. Si lo hiciera antes de tiempo, el polluelo nacería prematuramente y estaría tullido, o moriría antes incluso de ver la luz. Y si espera demasiado, el polluelo podría asfixiarse dentro del cascarón. Es una situación realmente crítica.

La sensación de estar picoteando (o llamando a las puertas del cielo, como sugiere el evangelio) es algo peculiar. Uno no puede echar abajo el cascarón, ni hacer que se abra la puerta. Se está llamando y llamando, sin conseguir nada. Si uno se cansa y se marcha (es muy habitual) la puerta no se abrirá jamás. Pero entonces, ¿por qué tarda tanto en abrirse? Si se abriese antes de tiempo, el que llama no estaría preparado para ver la realidad. Se necesita un tiempo mínimo de práctica, en el que se va fortaleciendo la estructura psicofísica del cuerpo (supongo que implica más que nada, el sistema nervioso y el cerebro) El tiempo que se está ahí llamando y llamando, es como el que pasa el polluelo dentro del cascarón, desarrollándose hasta llegar a ser suficientemente maduro y fuerte.

Es algo similar a lo que nos ocurrió cuando estábamos dentro del vientre materno, en el que crecimos día a día durante nueve meses, desde que éramos una simple célula, hasta que fuimos un ser humano ya formado, con capacidad para salir al exterior y vivir independientemente. Hacen falta nueve meses aproximadamente para eso. Si se nace antes, la mayoría de las veces no se puede sobrevivir (cierto, hoy hay métodos para que hacerlo sobrevivir que no se tenían en el pasado)

El evangelio está lleno de citas sobre esto. “Os es necesario nacer de nuevo” dice Jesús en cierto pasaje. Y es exactamente la imagen que sugiere el caso del Hekiganroku. Nacer. Y una vez se nace de nuevo, ¿qué pasa? Hay que empezar una nueva vida. Así es como yo lo recuerdo. El nacimiento a la nueva vida es repentino. Brutal, incluso. Lleva tiempo asimilar que se es un buda. No es lo que uno pensaba, es algo completamente diferente. Es la realidad, pura y llanamente. No cambia nada, pero cambia todo.

No es lo mismo ser un buda sin cuerpo físico que un buda con cuerpo físico. Si se sale del cuerpo físico (porque se sale) y se mora en la vacuidad, no hay tentaciones, ni invitaciones a volver al fango. Pero si se vuelve al cuerpo físico, este guarda memorias de cuando se era gusano.

La joven mariposa siente nostalgia

Del fango por el que se arrastraba

Cuando era gusano

Como cristiano que fui, y que he vuelto a ser (desde mi experiencia de zen), por decisión propia, me dedico a estudiar el evangelio con la misma actitud con la que estudié los koans. La mayor parte del evangelio no tiene mucho que ver con los koans, pero hay pasajes (generalmente cortos) que guardan un completo paralelismo. Podrían utilizarse incluso como koans, para guiar a los que empiezan, en caso de que fuesen cristianos.

Hay quienes se preguntan cómo oraba Jesús. Curiosamente, el mismo evangelio lo dice:

Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba.

Se sentaba de rodillas (por lo menos en esa ocasión), es decir, en la postura que los japoneses llaman seiza (también los fundamentalistas toman esto como que Jesús oraba de rodillas, sin sentarse, lo cual es para mí más que dudoso, porque de esa manera no se puede orar toda la noche, como él oraba). Seiza es una buena postura, tan buena o menor que la postura con las piernas cruzadas. Tiene la ventaja sobre esta, de que no es necesario ir cargado con cojines de aquí para allá. Sentarse sobre las rodillas, es algo inmediato, y puede uno hacerlo en cualquier lugar, y la espalda se pone igual de derecha que cuando uno se sienta con las piernas cruzadas. Pero muchos no aguantan sentarse así, porque les duelen los empeines de los pies.

Pero se siente uno, como se siente, la cuestión está en orar-meditar. ¿Y cómo se hacía esto según el evangelio?. El evangelio no habla de una técnica, propiamente, pero existen soportes para la oración. Huineng, el sexto Patriarca chino, al que se considera el verdadero inventor del zen, no habla tampoco de ninguna técnica, cuando enseña a otros sobre cómo meditar. En el zen actual, se habla de observar la mente y dejar ir los pensamientos, pero Huineng, en cierta ocasión advirtió contra esa idea:

Instruida Audiencia, algunos maestros de meditación instruyen a sus discípulos que observen su propia mente para tranquilizarla, y así lograr que cese su actividad. De ahí en adelante los discípulos abandonan todo esfuerzo de la mente. Las personas ignorantes se vuelven locas por tener mucha confianza en tales instrucciones. Tales casos no son raros, y es un gran error enseñar a otros a hacer esto.

En la actualidad hay muchos maestros que dan ese tipo de enseñanzas. Enseñan a observar la mente desde fuera, diciendo que hay que soltar los pensamientos. Tales técnicas son incorrectas, según Huineng. La oración tal y como la enseña Jesús, no va en esa dirección tampoco. Él no habla de ningún método para orar, ni da técnica alguna, pero dice muy claramente en qué consiste la oración. En cierta ocasión dice:

Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.

Se trata, por tanto de estar alerta, no de observar la mente. Estar vigilantes, para que, en cuanto que el señor llame, se le abra al instante. El señor es claramente la experiencia íntima de la naturaleza esencial propia. Cuando uno  se siente a meditar, no debe por tanto estar haciendo nada. No tiene que procurar un estado mental de paz, ni ninguna experiencia. Tiene simplemente que estar alerta, ahí sentado, sin procurar nada. Y cuando la experiencia íntima de la naturaleza búdica aparezca, abrirse a ella inmediatamente. Mientras espera, puede seguir la respiración, para estar atento, (e incluso contarla, al principio), pues esto hace que la mente esté siempre despierta y atenta. Luego no hace falta concentrarse en nada concreto. Solo estar ahí, presente. Es sin duda el shikantaza.

Pero hay otro modo de orar, según explica el evangelio, similar a la práctica del koan. Esa práctica es más bien como llamar a la puerta sin cesar, o picotear el cascarón. A esto se refiere Jesús cuando dice:

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?

Verdaderamente si se le llama con verdadera insistencia, Dios no se hará esperar. Pero no hablamos de un Dios separado y fuera de nosotros, sino de aquel que mora en nuestros corazones. Él no se hará esperar, porque es como un padre bondadoso que mira por nosotros. (O una madre bondadosa). En realidad está más cerca de nosotros, que nosotros mismos. Está siempre presente, y nos ama día y noche. ¿Cómo va a dejarnos solos más tiempo del necesario?

Pero tiene que esperar lo suficiente, para que estemos listos. No podemos pedir, y obtener lo que pedimos al instante. Para nacer, tenemos que desarrollarnos dentro del cascarón, y ser lo suficientemente fuertes como para resistir la luz. Él vendrá a nosotros en el momento en que menos lo esperemos.

Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?

Ah, esa es la cuestión más importante de todas. Tener la fe necesaria. Estar preparados para aceptarle. Ser capaces de soportar su luz, sin huir. Porque él te dará a elegir, y te invitará a seguirle, pero si miras hacia atrás como la mujer de Lot, quedarás convertido en estatua de sal. Cuando te invite a seguirle, no lo dudes. Ten fe. Si vacilas, caerás al mar embravecido y sus olas te tragarán.

En cuanto al caso del principio, y para terminar. Kyosei le da un fuerte picotazo al cascarón: ¿Pero vas a estar vivo o no? El monje está vivo ciertamente: Si no estuviera vivo, la gente se iba a reír de mí. Kyosei ataca de nuevo, muy al estilo zen otra vez: “Este chico está verde” Señal de que la fruta está en su mano. Verde, todavía, pero ya la tiene. Y, ahora sí, es cosa de tiempo. La iluminación parecerá irse, pero seguirá ahí, sin que se note, madurando poco a poco. Luego, cuando esté madura, verá que no se fue, solo lo parecía.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una visión en un sueño


Los sueños son para mí a menudo un modo de recibir enseñanzas. Me suelo levantar a las 5:30 h y hacer una hora de meditación. Luego vuelvo a tumbarme hasta la hora del desayuno, que en mi caso es bastante tarde (a las 9:00 h) En ese tiempo me pongo vídeos y los oigo (más que los veo, pues estoy con los ojos cerrados, casi todo el tiempo) A veces me duermo mientras los escucho, y en ocasiones tengo sueños muy vívidos y luminosos. Esos sueños pueden transmitirme verdades que considero siempre de mucho valor.

Esta mañana (hace tan solo un rato) tuve uno de tales sueños, que me hizo comprender aquello con lo que empecé a escribir este libro (“Vivir con la iluminación siempre presente”) En ese capítulo escribí como la claridad se marchó de mi lado, cuando di un golpe seco en la mesa para reprender a una alumna que estaba comportándose de un modo insolente. Cuando era profesor daba a veces golpes en la mesa con la mano, o levantaba la voz, para que los alumnos atendiesen. No había más remedio. Era mi modo de mantener la disciplina. Era un método personal, pues mi idiosincrasia como profesor se ha basado siempre en mi voz, que es bastante fuerte.

Cuando uno vive en la claridad, tal comportamiento es imposible, no porque sea inadecuado, sino porque no puede actuar de esa manera. Está fuera de lugar enfadarse (aunque sea solo de manera pasajera) y levantar la voz, o dar un golpe seco en la mesa, por el motivo que sea. Es imposible, porque la claridad lo impide. No es que uno decida no hacerlo, sino que viviendo en la claridad, lo único que puede hacer es… no hacer nada. No hacer nada, en el sentido de no intervenir, no actuar. Uno solo puede dejar que las cosas sucedan, sin interferir con ellas.

Eckhart Tolle, por ejemplo, dice que tras su iluminación se dedicaba a vagar por los parques de Londres sin hacer nada. Se sentaba en los bancos del parque y se quedaba allí durante horas, sin moverse. Lo entiendo perfectamente. De esa manera la iluminación está siempre presente, y supongo que es lo que en oriente les sucedía a los iluminados. Se sentaban en algún sitio con las piernas cruzadas sobre el suelo, y no se movían en horas, días e incluso años. La India es un lugar especialmente bueno para iluminarse, porque la gente respetaba a las personas que se iluminaban (aunque esto ya parece que ha cambiado bastante). Una persona iluminada puede allí tranquilamente quedarse quieta, morando en su iluminación, sin salir de ella, sintiendo cuanto apenas lo que sucede, siendo consciente de vez en cuando de lo que perciben los sentidos, pero ajena casi por entero a ello, viviendo fuera del tiempo. Así es la mente iluminada.

Hace un rato estaba soñando que yo era una de tales personas, y vivía en ese estado de claridad. Al parecer llevaba viviendo así varios meses, y tenía que ir a trabajar a un instituto como profesor, pero mi mente era incapaz de salir de ese estado de claridad. De hecho, viviendo fuera del tiempo, era incluso incapaz de llegar a tiempo a las clases. Sin poder mirar el reloj  y controlar la hora, es imposible llegar a tiempo a ninguna parte. E incluso es imposible levantarse y coger un coche. En el sueño, no sabía ni qué hora era, ni en qué día estaba. Sabía que tenía que ir al instituto, pero no podía ni orientarme. Era una extraña sensación. Mi mente estaba en ese estado de claridad (el sueño reflejaba esa claridad mental, realmente) y no había ninguna preocupación de fondo, pero cuando quería entrar en lo concreto, le resultaba imposible.

En el sueño aparecía un profesor que era compañero mío en mi último instituto (mi  jefe de departamento), que venía y me decía “Mira, Miguel, la jefa de Estudios ha hablado conmigo para que te diga que así no puedes seguir. Hay días que ni siquiera apareces por el instituto, y no traes ningún justificante médico. No llega a tiempo a las clases, ni pones notas. No explicas nada. Los padres han venido a protestar varias veces” Yo escuchaba atónito todo esto, pero envuelto en la claridad, como estaba, no podía realmente reaccionar. Quería hacerlo, pero mi mente seguía “ida” completamente. No podía centrarse en lo concreto.

Entonces, me subí al coche con ese profesor y fui al instituto. No sabía cuánto tiempo llevaba sin ir. Sabía que mis clases estaban abandonadas, porque ni siquiera iba a ellas. “A partir de ahora me dedicaré al trabajo” me decía, pero mi mente volvía al estado de claridad y no podía abandonarlo. Ese estado me absorbía completamente, de un modo que era imposible de explicar. Llegué a mi clase, y los alumnos estaban esperándome en la puerta del aula (era un laboratorio de química, bastante antiguo) Entraba con ellos en el aula, y me sentaba, tratando de organizar mis ideas. Había unos papeles con prácticas de química (yo he sido profesor de laboratorio bastante a menudo) para hacer. Las leía, pero no entendía nada. Me costaba muchísimo aterrizar en algo que tuviese que ver con lo racional.

Entonces los alumnos empezaban a burlarse y a ponerse maleducados. Me decían cosas rudas, se reían, llegaban a amenazarme (estas cosas son normales en los institutos, hoy día) Me preguntaban por qué no había ido a clase en tanto tiempo. Yo trataba de responder, pero no podía dar una respuesta aceptable. Balbuceaba que había estado enfermo, que no me había sentido bien, pero por dentro sabía que no decía la verdad, y el no decir la verdad era completamente repulsivo, en el estado en que me encontraba. “He estado con depresión”, decía. En el estado de claridad, en que me encontraba, decir que tenía una depresión era lo más próximo a la realidad que podía decirse. ¡Que absurdo es todo en el mundo en que vivimos! Pensaba.

Los alumnos veían que yo no podía manejarme con las hojas de prácticas. Notaban que mi estado mental no era normal. Empezaban a meterse conmigo, y yo no podía reaccionar del modo en que solía. No podía enfadarme, ni imponer la disciplina de la manera que solía. No podía tampoco pensar del modo habitual. Mi mente se había liberado del pensamiento (¡por fin!) y el resultado es que los pensamientos racionales no existían en el estado de claridad en que me encontraba. Era la situación más terrible que pueda imaginarse: un profesor que no puede pensar racionalmente, es lo más absurdo que existe. Y sin embargo, ese era yo. Un iluminado, podría decirse. Y entonces entré en un estado de desesperación, incapaz de hilar los pensamientos. Fue cuando desperté y sentí que aquello era un sueño.

No era una pesadilla, puesto que estaba en estado de claridad. El sueño era luminoso y mi mente estaba en un estado de claridad. Es solo que la situación en que me encontraba, debido a esa claridad, me había llevado a la angustia. Entonces comprendí algo se me ha estado escapando, una y otra vez, durante años y años: la iluminación no puede quedarse, porque si se quedara, uno se vería en un lío asombroso. La iluminación tiene que marcharse, a no ser que sea uno el que se marche a vivir con la iluminación. Es lo que he dicho precisamente en este libro, y este sueño que acabo de tener lo confirma. Los iluminados de esta sociedad tienen que vivir sin iluminación, porque si vivieran con ella, la sociedad acabaría con ellos.

Y pensándolo ahora, me parece comprender por qué morían los cristianos en los circos con las fieras, y por qué morían los llamados herejes en las hogueras. Siempre me he preguntado por qué no se declaraban apóstatas y se salvaban. Ahora creo comprenderlo: no se les pedía apostatar de sus ideas. ¡Se les pedía apostatar de su iluminación! Se les pedía que dejasen a un lado ese estado, si es que querían seguir viviendo. Hay algo en la mente en que uno decide voluntariamente si quiere seguir con ello o no. Si decides seguir iluminado o dejarla y volver al estado “habitual”. Hay una decisión personal al respecto. Si quieres vivir o morir. Vivir es estar en el estado de claridad, y morir es abandonarla y entrar en el mundo racional, donde se ha forjado y se forja día a día, nuestra sociedad: Es mundo. He encontrado la respuesta, por tanto, gracias a ese sueño, y seguiré escribiendo más tarde sobre ello.

El mismo Jesús murió por la misma razón. Cuando se declaraba hijo de Dios, estaba diciendo que vivía en estado de iluminación. No podía usar otras palabras para explicarlo. Sus contemporáneos le rechazaban por eso. La sociedad judía era una sociedad no iluminada, en la que vivir de esa manera era imposible. Jesús pudo marcharse y vivir en el desierto, no obstante. Si decidió ir a Jerusalén, donde sabía que le esperaban para matarle, es porque el Espíritu le llevó allí. Dar la espalda al Espíritu, es dar la espalda a la iluminación. Hay que ir a donde toque.

Sospecho que los humanos que se establecieron en comunidades agrícolas, durante la época que se llama el Neolítico, fue porque habían dado un paso en la dirección de la mente racional. Conforme se fue desarrollando la mente racional, las pequeñas aldeas  se convirtieron en ciudades, luego en megápolis, y por fin en imperios. Y entonces apareció lo que Jesús llama “el mundo”. Sociedades en las que se vive de espaldas a la mente iluminada, bajo la pantalla de la mente racional. Sociedades pobladas por individuos que se sienten aislados, separados unos de otros, y separados del Universo. En el mundo no es posible vivir la iluminación. El mundo busca siempre, de un modo u otro, librarse de las personas iluminadas.

Pero ha habido una sociedad que ha sabido en el pasado, no solo no ir contra las personas iluminadas, sino que las ha sabido acoger y cuidar: La India. La India ha traído al mundo a personas iluminadas constantemente, y no las ha perseguido. El caso de Buda es el más evidente de todos. Buda fue aceptado e incluso apoyado por reyes y personas de mucha influencia social. No tuvo que vivir escondido, sino que lo hizo de un modo abierto y sin tapujos, y no sufrió demasiada violencia en contra. Su muerte fue apacible, según se dice, y a una avanzada edad. Todavía cuando yo estuve allí, en el año 84, había muchos sadús (personas que vivían de espaldas a la sociedad) que iban de un lado a otro, siendo respetadas (e incluso veneradas, en algunos casos) En la India, las personas iluminadas han encontrado su hogar. Si se lee el libro “Autobiografía de un  yogui”, de Paramahansa Yogananda, se entiende mejor lo que digo.

Y termino diciendo que me parece ver algo en el horizonte que puede significar un cambio de importancia, para las sociedades occidentales (u occidentalizadas, que son todas ya, prácticamente) El gran cambio es que las personas, en estos tiempos, viven muchos años. Debido a eso, se abre una posibilidad sin precedentes, porque las personas que se jubilan, tienen por delante todavía bastantes años, en los que podrían iluminarse si ponen de su parte el esfuerzo necesario. Y, lo que es aún más importante, podrían vivir iluminados, porque no tendrían que trabajar.

No soy un visionario, pero imagino una sociedad donde las personas de edad y los ancianos, lejos de ser una legión de almas en pena, se conviertan en sabios solitarios (o viviendo en comunidades) que influencien, debido a su gran número, a la sociedad en su conjunto. Envío a todas las personas que lean este libro, todo mi apoyo y mi energía mental, para que logren la iluminación, y puedan vivir de acuerdo con ella, llegado su tiempo. Los que ahora son ya viejos, lo tienen muy difícil, pero los que ahora son todavía jóvenes, cuando lleguen a esa edad, pueden retirarse y vivir en ermitas (también en ermitas urbanas) o pequeños monasterios incluso, y su influencia sobre la sociedad será más que evidente en pocas décadas.

Ojalá mi visión no sea solo un sueño.

martes, 1 de noviembre de 2016

Mirad como oís

En el caso 11 del Hekiganroku se discute sobre la existencia misma del maestro de Zen.

Obaku instruyó a la asamblea, diciendo, “Todos vosotros sois bebedores de posos (de té). Si continuáis siguiendo vuestro Camino de esa manera, ¿dónde se quedará el Hoy? ¿No sabéis que en el gran imperio de Tang, no hay un solo maestro de Zen?” Entonces un monje se acercó y dijo, “¿Qué dirías ante el hecho de que en varios lugares hay personas que aceptan estudiantes y dirigen sus asambleas?” Obaku dijo, “No digo que no haya Zen; solo digo que no hay maestros”

Hoy también hay lugares donde se aceptan estudiantes y se dirigen asambleas. Esos lugares existen en todas las tradiciones. Tanto en el budismo (todos los budismos) como el cristianismo (al menos en las ramas ortodoxa y católica), existen monasterios donde los buscadores pueden ir a residir, sea por un tiempo o para siempre. Esos sitios están regidos por un monje Abad, que es quien hace las veces de maestro, y dirigen las asambleas. Sin duda, merecen nuestro reconocimiento y respeto.

Para poder vivir de acuerdo a sus preceptos, los monjes necesitan de lugares de práctica como esos. Los monasterios son sitios de práctica y entrenamiento, para monjes, evidentemente. Donde mejor se puede llevar una vida de recogimiento y oración-meditación, es sin duda en monasterios. Los monasterios budistas zen están abiertos a los laicos que quieren acercarse a pasar un tiempo, pero no así los cristianos, que mantienen sus puertas cerradas a los laicos. En principio uno piensa que deberían hacer como los budistas, y abrir la entrada a personas que quieran pasar un tiempo residiendo con los monjes.

De todas las órdenes monásticas que hay en el catolicismo, solo hay una que llama poderosamente mi atención: los cartujos. Mientras como, me pongo vídeos sobre vida monástica, porque me inspiran mucho. El mejor momento para verlos es cuando hago mis comidas solo. Me pongo el móvil delante y me bajo un vídeo de Youtube. Es por eso, sobre todo, que considero que es bueno tener Internet, por los vídeos que pueden verse. Hay muchos vídeos que pueden ayudarte a llevar una vida solitaria, recogida y centrada. No dejes de aprovechar las oportunidades que da la tecnología (aunque exista el peligro de perder el tiempo más de lo necesario, a ratos)

Hay un vídeo que es muy recomendable, para verlo, no una, sino muchas veces. Su título es “El gran silencio” (puede verse gratis, en versión original) Puesto que los cartujos no hablan casi nunca, el vídeo tiene que ver sobre todo con imágenes, estando la banda sonora reservada a sonidos naturales y ruidos dentro del monasterio, aparte de los cantos en el coro. Cuando se ve a los cartujos realizar sus tareas cotidianas, se nota la fuerza de una vida en silencio. (La película estuvo rodada con un equipo de cámaras que tuvieron permiso para filmar cuanto quisieran, siempre que no interfirieran en la vida monástica)

Ese y otros vídeos me han enseñado mucho más de lo que podría imaginarse. No es lo que dicen (pues como digo, nadie habla prácticamente en toda la película), sino lo que hacen. Y, sobre todo, como lo hacen. No hacen nada especial, tampoco. Por ejemplo, una escena es un monje lavando su cuchara. ¿Puedes creer que esa escena me ha enseñado a fregar los cacharros, como es debido? Al ver la escena del monje fregando su cuchara, algo en mí pareció captar la esencia. Fregar una cuchara puede ser el acto más importante del día. Mucho más importante que orar, hacer zazen o recitar sutras. Así que cuando friego los cacharros ahora, me meto en la tarea con mucho más interés, como si mi vida dependiera de cada cubierto que friego.

Esto me lleva al koan del Mumonkán, sobre un monje que lava un cuenco:

Un monje le dijo a Joshu: “Acabo de ingresar al monasterio. Enséñame por favor” “Ya has comido tu arroz” Preguntó Joshu. “Lo he comido” respondió el monje. “Entonces será mejor que laves tu cuenco” le dijo Joshu. En ese momento el monje quedó  iluminado.

¿Cómo es posible que un monje se ilumine lavando un cuenco? Es completamente posible. Y si ya se ha iluminado, volverá a hacerlo si lava un cuenco poniendo en ello toda la atención. No es solo el zazen lo que ilumina. Ni mucho menos. No estoy diciendo que no practiques zazen. El zazen hay que practicarlo, no hay duda de ello. Si  yo dejara de practicar zazen, viviendo solo en esta ermita, mi esperanza de vida dentro de ella bajaría drásticamente. No creo que pudiese pasar más allá de un par de días o tres viviendo aquí, sin practicar zazen. De pronto la casa se me caería encima. ¿Qué estoy haciendo aquí solo? Me preguntaría constantemente. ¿Para ver la TV y navegar por internet me he venido a este sitio perdido en ninguna parte?

Jesús repite algo varias veces en el evangelio:

El que tenga oídos para oír que oiga.

En cierto pasaje del evangelio de Lucas, va más lejos:

Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará.

Resulta muy peculiar que repita una y otra vez que oigamos, y que insista en que miremos como oímos. Nunca he visto que nadie le dé importancia al hecho de que insista tanto en ello. La interpretación más común es que lo que quería decir es que la gente pusiese atención en lo que hablaba. Pero yo entiendo que puede haber un significado distinto. Un significado nada oculto, sino totalmente abierto a todos para ser entendido. Cuando Jesús dice “el que tenga oídos para oír, oiga”, está diciendo que hagamos justamente eso: oír. No sus palabras únicamente, sino cualquier otro sonido que capten nuestros oídos. Oír. Simplemente oír. Y en el pasaje que he citado, va incluso más lejos: Mirad cómo oís.

Uno de los koans que se puede dar en el zen a los que empiezan, dice algo muy parecido: ¿Quién es el que oye? A mí se me dio este koan cuando ya llevaba mucho tiempo practicando, y había pasado ya la mayor parte de los koans. Había llegado a un punto en que la práctica parecía haber perdido lustre, y había entrado en una fase apagada y rutinaria. Ese koan la despertó. Desde entonces llegué a la conclusión de que el sentido del oído es que más importancia tiene cuando se medita. La vista, suele considerarse una distracción, por lo que se dice que no miremos nada, aunque tengamos los ojos abiertos, sino que los mantengamos fijos en un punto delante de nosotros. Tacto, gusto y olfato no tienen especial importancia cuando hacemos zazen. ¿Pero, el oído? El oído puede ser nuestro mejor aliado en la práctica (no solo en el zazen, sino en cualquier otro momento)

Un koan es como una espada afilada que corta la ignorancia. El problema es que, cuando se pasa, deja de surtir efecto. El koan tiene una solución, que se presenta en el dokusan (entrevista con el maestro) Cuando se busca la solución, el koan tiene la propiedad de absorber nuestra atención de un modo intenso, pero luego, cuando ya se ha pasado, deja de hacerlo. Lo importante de un koan es que absorba toda nuestra atención. Por eso suele ser una pregunta. Pero cuando ya se sabe la respuesta (la cual viene en el momento en que el koan absorbe toda nuestra atención), el koan deja de tener su poder.

Jesús no plantea una pregunta, sin embargo. Dice “mirad como oís”. Esto es algo que puede tomarse como forma de práctica Oír. Simplemente oír. Siempre que estemos sentados haciendo zazen, o haciendo otras cosas (no importa qué, pues se puede combinar con casi todo lo que hacemos) debemos estar atentos a lo que oímos. Yo practico a menudo de esta manera desde hace tiempo. Oigo. Simplemente oigo. Pueden oírse sonidos o ruidos, pero también se puede (y esto es particularmente importante) oír el sonido del silencio. Cuando no se oye nada, se oye el silencio. Y cuando se oyen otras cosas, el sonido del silencio queda como un sonido al fondo.

Ese sonido es una suerte de vibración que nuestros oídos todo el tiempo. Algo muy peculiar que sirve como elemento de concentración, ya que capta nuestra atención de un modo especial. El sonido del silencio es considerado en el yoga como el sonido del OM, la vibración primordial de la que surge todo cuanto existe. Hay un canto cristiano que dice: “Calla y escucha. Pon atento el corazón” Es algo que puede ponerse en práctica cuando meditamos. Algo muy intenso. No hace falta hacer nada de particular, solo escuchar. El sonido del silencio nos absorbe más y más, y podría llegar a absorbernos totalmente. Es como una música que no cesa. Es la voz permanente de Dios. Yo me concentro en ella a menudo. Es una voz que nos enseña a volvernos hacia dentro y recogernos en nosotros mismos. Esa voz interior es el maestro, que nos habla sin palabras todo el tiempo. Escuchémosla.

El maestro se encuentra siempre con nosotros, pero no le escuchamos, y por eso vamos a buscar un maestro fuera. El maestro de fuera solo nos pone en contacto con nuestro maestro interior. No tiene otra función. Cualquier maestro que haga otra cosa, que no sea esa, no es un maestro de fiar. La función del maestro de fuera, es guiarnos hasta el maestro interior, y desaparecer una vez este se nos manifieste. Realmente no tiene otra función. Pero es una noble función, la de guiar a otros hacia su verdadero maestro. El maestro interior, es nuestra verdadera identidad. No necesita enseñarnos con palabras, ni tiene que darnos una enseñanza detrás de otro. Nos lo comunica todo en un instante. No necesita nada más que un instante. Toda su enseñanza entra en nosotros como un relámpago, y en ese mismo momento, cesan todas nuestras dudas. Nadie es capaz de comunicar a otros lo que se le ha comunicado y se le comunica en todo momento. No podemos poner en palabras esa sabiduría. Solo podemos ayudar a otros a caminar hacia ella.

La sabiduría no nos vuelve santos de la noche a la mañana. Seguimos siendo pecadores, en el sentido correcto de la palabra: la palabra “pecar” viene del griego, y  significa errar el tiro. La idea que se ha transmitido en el cristianismo, por parte de las Iglesias, es erróneo. No es que ofendamos a Dios (Dios no se ofende por nada, es ridículo pensar lo contrario) Ni hace falta que Dios nos perdones (por supuesto nos perdona) Somos pecadores cuando erramos el tiro, es decir, nos salimos del Camino (el Tao) Entonces hay que volver a él. ¿Cómo? Un cristiano pide perdón a Cristo de corazón, y hace el propósito de no salirse más. Pero por supuesto vuelve a salirse.

Somos pecadores, mientras estemos en el mundo. Por mucho que nos acerquemos a la fuente de la sabiduría interior, mientras estemos en un cuerpo físico, no llegamos a alcanzarla. Siempre erramos el tiro, aunque sea por milímetros. Y cuando creemos haber dado en el blanco, enseguida nos damos cuenta de que nuestra naturaleza pecadora (nuestro ego, indudablemente) vuelve a hacer que nos salgamos del camino. Y de nuevo hay que volver a él. Y aquí estamos. Y aquí seguimos.

domingo, 30 de octubre de 2016

¿Para qué me ha servido el entrenamiento con los koans?


Hay una canción que se llama “La soledad del corredor de fondo” (es la banda sonora de una película con el mismo nombre), una de cuyas estrofas dice así, traducida al castellano:

Mantén el paso, sigue en la carrera

Tu mente está más clara

Estás a la mitad de camino

Pero las millas parecen no tener fin

Como si estuvieras en un sueño

No llegando a ninguna parte

Todo parece tan fútil

Esa estrofa definió mi estado mental durante el tiempo que estuve practicando el entrenamiento de los koans. La estrofa describe lo que siente el corredor de fondo, cuando está a mitad de carrera. “Tu mente está más clara”, dice. Es la ilusión que te hace seguir, también cuando estás en la larga carrera de los koans. Nunca terminan, nunca se llega al final. Pasa uno, y otro, y otro… No llegando a ninguna parte. Hasta que un día descubres que ha sido algo fútil. No puedes más, y tiras la toalla. ¿Es esto el entrenamiento Zen? Te preguntas. No más entrenamiento Zen. A dios. Y eso significa que has llegado por fin a la meta.

Cuando pasé de los koans sentí una enorme liberación. Tuve el buen acierto de no terminarlos (ahora me doy cuenta), porque los que los terminaron hoy están de maestros zen, yendo de un lado a otro, dando sesshin, dirigiendo a sus discípulos y teniendo responsabilidades que, de seguro, superan sus fuerzas. A todos ellos les deseo suerte, desde mi ermita, donde llevo una vida tranquila y apacible. A mis lectores les prevengo para que no hagan lo que yo hice, salvo a esos pocos que quieren dedicar sus vidas a cosas tan sin sentido como averiguar cuál es el sonido de una mano, o conocer su rostro original. (Hay gente para todo, también para eso)

En cualquier caso, puesto que yo fui uno de ellos, y aprendí algo de cómo trabajar con koans, hoy me doy cuenta de que es una ayuda para llevar la vida que yo llevo. El método del koan, me influyó más de lo que pensaba. Hoy me doy cuenta de que los koans no son solo esos episodios extraños, que tienen que ver (a mayoría) con el diálogo entre un maestro zen y su discípulo. El método de koan, hoy lo aplico a mi vida cotidiana de formas diversas. Lo aplico por ejemplo a la pintura. Pinto cuadros, y cada cuadro constituye un koan. Pintar es el mismo proceso que resolver un koan. Uno se coloca frente a un lienzo en blanco, y empieza un nuevo caso que tiene que resolver.

Cuando se pinta, se tiene que plasmar la realidad, en el lienzo. Pero cuando empieza, se da cuenta de que no sabe lo que es la realidad. Al principio, parece bastante evidente que la realidad es aquello que se ve, y por tanto uno intenta plasmar con colores al óleo lo que ve, hasta que se da cuenta de que no es posible plasmar aquello que ve, porque realmente no sabe lo que ve. Y de pronto se da cuenta que está plasmando conceptos. No está trasladando la realidad al cuadro, sino sus propias ideas. Los cuadros tienen que ver mucho más con lo que se piensa que con lo que se ve. Pero uno no quiere pintar pensamientos. Quiere pintar… ¿Qué? Llegados a este punto, el pintor desearía no haber empezado nunca el cuadro, pero ya es tarde. Ya se ha empezado, y el mismo cuadro le exige continuar.

Se me clasifica como un pintor impresionista, y supongo que, de entrar en una categoría, es en esa en la que debería estar. La pintura realista no me convence (mucho menos la hiperrealista, que es la que hoy parece causar mayor impacto), y no me convence porque ser realista es imposible. La realidad no cabe en un cuadro, del mismo modo que no cabe en un libro. La realidad no puede ser pintada, del mismo modo que no puede ser explicada. Por tanto, es inútil tratar de ser realista. Lo que un pintor realista hace es imitar la fotografía, no plasmar la realidad (la mayoría pinta de fotografías, de hecho). Pero la pintura no es una imitación de la fotografía. Es un arte muy distinto.

Entonces surge algo nuevo. No se pretende pintar lo que se ve. ¿Por qué no incluir también lo que se oye y lo que se huele, por ejemplo? ¿No es posible pintar lo que se oye, dices? En el zen alguien (algún maestro chino, supongo) dijo “Ve con los oídos y oye con los ojos” ¿Qué es lo que quiso decir? No lo sé, pero en cualquier caso se trata de no ver con los ojos. Esto, para un pintor tiene sentido. Hay otro sentido, que se pone en funcionamiento cuando se llega a ese punto. Es el sentido de la estética, que tiene que ver con lo que se ve, pero no con los ojos, sino con el ojo interior. “Ese ojo interior ha captado la realidad, dejemos que nos guíe ahora que ya no sabemos lo que queremos pintar” A partir de ahí el cuadro se pinta solo (lo que no quiere decir que uno se eche a dormir y se despierte con el cuadro pintado)

Cuando me siento a hacer zazen, me siento muchas veces delante del cuadro que estoy pintando (que se está pintando, sería mejor decir), y a menudo “veo” como quiere ser pintado. (Otra cosa es que el que, esto escribe, sea capaz de pintarlo) El cuadro se convierte entonces en un koan, que debe ser mirado sin juzgar y sin pensar. El cuadro (bueno o malo) es también la realidad. La realidad incluye el cuadro, no estamos tratando de plasmar la realidad, sino que el cuadro mismo es realidad. El paisaje impresionó mi mente, cuando estuve mirándolo, y esa impresión es lo que se vio, pero no solo lo que se vio, sino también lo que no se vio.

Leo en el Evangelio de Lucas esto:

A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.

Extraño, ¿no es cierto? Estas palabras las dice Jesús, cuando sus discípulos le piden que les explique la parábola del sembrador. (Es una parábola muy conocida, y puedes encontrarla en Lucas 8, 5) La parábola no es difícil de entender, y la explicación es algo puramente banal, pero a pesar de ello Jesús se la explica a sus discípulos más allegados, después de pronunciar las misteriosas palabras que he escrito antes. ¿Es conocer los misterios del Reino de Dios, la explicación de la parábola? Si así fuera, todos los que leemos el evangelio conoceríamos tales misterios. Pero aquí estamos, con un palmo de narices, sin saber nada de tal Reino. Y lo más curioso: a los demás no se les dice nada, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. ¿Y eso por qué?

Pero a alguien que ha practicado los koans, esas palabras no le pasan desapercibidas, pues capta en ellas el aroma que tantas veces ha captado con el “estudio” de los mismos (no es un estudio intelectual, por supuesto). Léase por ejemplo el caso 94 del Hekiganroku:

El Sutra Ryogon dice: “Cuando no veo, ¿por qué tú no ves lo que yo no veo? Si contestas que yo no veo, eso por supuesto no es lo que yo no veo. Si tú no ves lo que yo no veo, entonces está claro que no es una cosa. ¿Qué es?

La respuesta a este koan, solo viene tras pasar previamente otros, como el koan Mu. Decir aquí la respuesta sería un despropósito, pero tampoco es necesario darla para ver que las palabras de Jesús parecería que van por un camino muy parecido, si no exactamente el mismo. Por tanto, Jesús está planteando algo muy similar a un koan, en ese evangelio (y no es la única vez que lo hace, ni mucho menos)

Y entonces, ¿Por qué a los demás (los que no son sus discípulos allegados) se les propone algo que va mucho más allá de una mera explicación? Bien, ese es posiblemente el punto esencial. Los demás, ¿Quiénes son los demás? Indudablemente todos, menos un puñado de personas. Tú y yo, no parece que seamos parte de ese puñado, por lo que somos los que viendo no vemos. Y yo me pregunto, ¿qué es lo que no vemos? Y esta pregunta se ajusta enormemente a la pregunta del koan, cuando dice:

Cuando no veo, ¿Por qué tú no ves lo que yo no veo?

(No hay que perder de vista que, en el koan, el que pregunta es un maestro zen)

Mi aproximación al evangelio es precisamente esta que acabo de dar aquí con un ejemplo. Pero no es el único ejemplo, ni mucho menos. El evangelio (todos ellos, no solo los cuatro sinópticos) está lleno de casos así.

Pero sería bastante injusto dejar al lector sin, al menos, un pequeño sabor de la iluminación a donde conduce el koan (también el koan de Jesús) El maestro zen dice, citando el Sutra, “cuando no veo”. ¿A qué se refiere? Se refiere sin duda a estar en la experiencia del samadhi profundo, en que no actúa ningún sentido, ni tampoco el pensamiento. Es el estado que precede al satori.  La pregunta viene a ser, ¿por qué los demás no experimentan esto también? ¿Es tan difícil de experimentar? No debería serlo, pues lo que se experimenta es la naturaleza esencial, algo que todos tenemos. Cuando éramos bebés recién nacidos, vivíamos las veinte y cuatro horas del día en ese estado (es decir, sin ver). Pero luego crecimos, y se desarrolló en nosotros el pensamiento conceptual, que nos apartó de la naturaleza esencial. Y ahora vivimos completamente separados de ella. Pero cuando se experimenta el despertar, uno se da cuenta de que lo que experimenta no es nada excepcional. Es lo que siempre está ahí. (O, mejor dicho, aquí) La experiencia del despertar, el satori, es precisamente el Reino de los Cielos.

Cuando los discípulos le preguntan qué significa la parábola, ¿Está gastándole Jesús una broma? Al decirles que a ellos les es dado conocer los misterios del Reino de los Cielos (con una mera explicación conceptual), mientras que los demás nos quedamos solo con la parábola para que “viendo no veamos, y oyendo no entendamos (lo que oímos, claro)”, parece estar diciéndoles “¡Ay que pena de hombres! Os creéis que con una explicación os estoy enseñando los misterios del reino de los cielos. Y los otros, ¡fíjate tú!, sin explicación ninguna, alcanzan el despertar”

Si así fuese, Jesús demuestra tener realmente un finísimo sentido del humor que, el que escribe el Evangelio de Lucas no parece haber captado. Es un sentido del humor muy parecido al de los maestros zen, realmente. Es la primera vez que se me antoja ver reír a Jesús, aunque sea para sus adentros. Sus discípulos se quedan con la explicación de la parábola, sin enterarse de nada.

Pues eso que decía al principio. ¿Para qué me ha servido el entrenamiento con los koans? Para  reír en mis entrañas (que no es poco).

sábado, 29 de octubre de 2016

Uno más de aquí


En el anterior capítulo hablé del voto que se hace en la tradición del zen, que dice “resuelvo no tomar intoxicantes, ni ser causa de que otros lo hagan, sino mantener la mente clara en todo momento”. Quisiera decir algo brevemente sobre otros dos de los preceptos. El primero, que es bien conocido y que dice “resuelvo no matar, sino respetar toda vida”, y el segundo, “resuelvo no tomar lo que no me sea dado, sino respetar las cosas de los demás”. Tomados en sentido abstracto, no parecen nada especial, pero yo he descubierto algo que para mí tiene importancia. Es algo relacionado con la dieta.

Es de sobra conocido que los budistas son vegetarianos, en teoría, lo cual está en consonancia con esos dos preceptos. El primero (qué duda cabe) es esencial. Comer carne, implica la muerte del animal, por tanto todo lo que sea comer carne y derivados de la misma, no puede ser aceptado desde la perspectiva budista. Yo oía decir a los lamas, que el precepto no se incumplía si no eras tú el que mataba el animal, pero es totalmente absurdo. Si comes carne, estás siendo cómplice de la muerte del animal. Aquí en el Pirineo, vivo rodeado de vacas. Son animales muy inteligentes, y muy evolucionados. Cuando se pasa al lado de un rebaño que pasta, levantan la cabeza para mirarte, y hay tal bondad en su mirada, que llama poderosamente la atención. A veces, incluso, se acercan a ti cuando pasas cerca. (Lo mismo sucede con los caballos y los  burros, aunque no con los corderos y las cabras)

Es imposible comer carne de vaca o de cordero, cuando los tienes de vecinos. Los cristianos parecen no tener problema con el hecho de la carne. Todos comen carne, a excepción de los cartujos que, al parecer, son vegetarianos. Pero yo tengo la ordenación de upasaka, la cual tomo muy en serio, y el primer precepto obliga a no comer carne. En los monasterios zen japoneses, no se come carne por regla general, aunque alguna vez he visto que lo hacen, pero es solo cuando alguien que visita la tumba de sus familiares, les deja una bandeja con trozos de carne (en Japón se suele dejar comida y bebida en las tumbas, además de flores, incienso y velas). Pero esto es poco habitual.

En cuanto a huevos, leche y derivados, no supone la muerte del animal comerlos, pero aquí entra en juego el segundo precepto: no robar. Comer huevos, si no están fecundados, no parece que sea algo que vaya contra ningún precepto. En cuanto a la leche, es indudable que se la estamos robando a la vaca, que la tiene para criar a sus becerros, pero considero que se puede tomar una cierta cantidad prestada, sin que eso vaya en perjuicio del animal. Por ello, considero que tomar prestada una pequeña cantidad de leche, no es tan grave, y así como cada día una pequeña cantidad de queso, pero no leche ni yogures. (Otro tanto puede decirse de la miel, que se toma prestada de las abejas). Como se ve, de esta manera la dieta queda perfectamente equilibrada, a base de vegetales, huevos y queso. Y creo que con esto está todo dicho acerca de la alimentación.

Digo todo esto, porque creo que tiene su importancia. Sé que la mayoría de las personas que se acercan a aprender el zen, no suelen considerar que la ética tenga ningún valor. Solo al cabo del tiempo, se dan cuenta de que existen unos preceptos que se toman en el zen. Esos preceptos no son un mero adorno. Antes de empezar a practicar zazen, deberíamos considerar la importancia de tomar, al menos, los cinco preceptos básicos, y cumplirlos del mejor modo posible. Si no se hace así, la práctica del zen no es seria. A lo sumo es un ejercicio psicofísico para encontrarse mejor. Pero ese tipo de práctica no lleva muy lejos. Yo no escribo para personas así. Deseo dejar claro para todos, que el zen es un camino hacia la iluminación, no una mera técnica oriental para sentirse mejor.

Otro punto que tiene importancia para mí, es el encaje del zen en países que tienen un pasado cultural cristiano. Es evidente que el zen nace en el seno del budismo, y es considerado por muchos, como la esencia del budismo, incluso. No voy a entrar en discusiones acerca de ese punto, pues no tengo el conocimiento necesario para ello. Yo soy budista, sin la menor duda, pues como he dicho, tengo la ordenación de upasaka, pero como muchos occidentales (especialmente de mi edad, que pasa de los sesenta ya) tengo un origen cristiano (católico en mi caso). Cuando era niño, asistía cada domingo a misas que se hacían en latín, entonces. Aquellas misas tuvieron un gran impacto en mi consciencia, y tengo muchos recuerdos de ellas, todavía.

Cuando me acerqué al budismo por primera vez (el budismo del Tíbet), tenía veinte y siete años, y era ateo. Hacía mucho que había dejado de ser católico. Cursé mis estudios de bachiller (entonces era muy diferente a como es ahora) en el colegio de los Escolapios de Valencia (uno de ellos), en la época en que llegó el Concilio Vaticano II. Las misas cambiaron y se hicieron en castellano a partir de entonces. Al contrario de las misas en latín, esas misas no han dejado en mí grandes recuerdos, lo que para mí demuestra que las anteriores tenían mucha más fuerza. ¿Por qué cambiaron el tipo de misa? No lo sé, realmente. Pero estoy casi convencido que cambiarlas supuso el principio del fin del catolicismo. A la vista está que las iglesias se han quedado casi vacías, y el número de sacerdotes y religiosos baja de un modo imparable.

No entro a hacer valoraciones, solo hablo de hechos. La religión católica está en claro declive, cosa que no ha sucedido con la rama ortodoxa del cristianismo (al menos no de un modo tan drástico) No puedo entender las razones, pero algo debió cambiar cuando se dejaron las misas en latín, para que la gente abandonara en tropel la reigion católica. Yo no tenía más que catorce o quince años, cuando entré en una crisis de fe (como se la llamaba entonces) Los curas del colegio, no solo no me ayudaron a superarla, sino que contribuyeron a que fuese en aumento. Es evidente que ellos estaban perdiendo la fe también, y no había que ser muy observador, para darse cuenta de ello. Recuerdo claramente, como en cierto momento, con solo quince años,  me quité mentalmente el yugo de las creencias católicas, como quien se quita una pesada carga. No era posible vivir con ella por más tiempo.

Indudablemente, el budismo ha tenido un éxito en los países de cultura católica, que los países de cultura ortodoxa no han conocido. No es que haya un gran número de budistas declarados, pero hay una influencia del budismo (y el yoga) entre muchas personas. Mucha gente afirma creer en la reencarnación, hoy en día, por ejemplo. Mucha gente practica yoga, e incluso se acercan a aprender a meditar, al margen de cualquier creencia religiosa. La palabra zen se ha convertido en sinónimo de felicidad. Pocos saben de dónde viene esa palabra, pero de algún modo se ha popularizado, y hay productos comerciales que la utilizan en su publicidad. Hay agencias de viaje, restaurantes, tiendas de productos macrobióticos… que hacen uso de la palabra zen. En Youtube, lo primero que aparece cuando se pone la palabra zen, es multitud de vídeos de música zen (pero ninguno se refiere a cantos de sutras, al estilo zen, sino que son músicas de tipo relajante)

Así, nos encontramos con que el término zen se ha convertido en occidente, en algo completamente distinto a lo que era en origen. Pero ¿qué era en origen? Podemos preguntarnos. Lo cierto es que nadie, ni siquiera los maestros zen, saben explicar lo que es. Es mucho más fácil decir lo que no es: No es una religión, no es una filosofía, ni  es una técnica de meditación. Algunos dirían que es un camino hacia la iluminación, pero habría que aclarar entonces lo que significa el término “camino”. Tampoco todos están de acuerdo en que el zen sea en sí mismo una rama del budismo. Algunos lo afirman con vehemencia, pero otros no están tan seguros. E incluso los hay que dicen que es algo que nace en el budismo, pero no tiene nada que ver con el budismo.

Yo no sé si es budismo o no lo es. Lo que sí sé, es que, considerándome budista zen yo mismo, no puedo declararme budista del modo que lo haría un budista tibetano, porque el budismo zen no se basa en creencias de ningún tipo. Me considero budista, sí, pero solo porque tengo un compromiso con el budismo, tomado de un Roshi japonés que me dio la ordenación de upasaka. Si soy upasaka, está claro que debo confesarme budista, (aunque el término budista no me seduce mucho, ya que fue inventado por los misioneros católicos en Asia). Pero ser budista, para mí, no es creer en nada, sino un compromiso ético, que incluye (como he dicho al principio de este capítulo) no beber y no comer carne. Por lo demás, ser budista no es nada para mí.

Lo que sí puedo decir es que soy cristiano, en cambio. No es algo que he descubierto recientemente, pues curiosamente me reconocí como crisitano en el  mismo momento en que me hice budista de un modo formal, con el lama Gendum, cuando tenía veinte y siete años. Extrañamente, creyéndome ateo, de pronto descubrí que el cristianismo  seguía vivo en mí, y así se lo comuniqué al lama al día siguiente. Él me dijo que, cristianismo y budismo, se apoyaban mutuamente, y no debía excluir uno a costa del otro, lo cual fue para mí una noticia muy buena. Desde entonces, efectivamente, he podido ver que se puede practicar ambas cosas, sin que exista la menor contradicción, porque para mí el cristianismo no es una creencia, sino tomar el evangelio y estudiarlo.

Naturalmente, también hay razones culturales que me llevan a sentirme cristiano (y esto lo he descubierto sobre todo en mis viajes a oriente) Si me hubiese quedado a vivir en Japón, no hubiese habido tenido ningún problema en convertirme en budista. Pero viviendo en Francia, un país con raíces católicas, es demasiado complicado. Aunque hay muchos budistas occidentales en Francia, siempre es más complicado relacionarte con los que te rodean siendo budista que siendo cristiano. Una persona que vive sola, llama siempre la atención. Hasta que los que viven en tus inmediaciones te encasillan, siempre estás bajo sospecha. ¿Qué hace aquí, a su edad, siendo español? ¿Por qué vive solo? ¿A qué se dedica? Poniendo una pequeña imagen de la Virgen de Lourdes delante de la casa, la mitad de las dudas quedan disipadas. Llenando la casa de lienzos pintados por mí, se disipa el resto. “Está jubilado y es pintor. Es cristiano, además” La curiosidad queda saciada, sin necesidad de más explicaciones.

Si en lugar de una Virgen, hubiese puesto el buda de tamaño respetable, que me traje de la India, en el año 84 (ese buda lo tengo en mi habitación de la casa, además de otro más pequeño en la sala de estar), cualquier persona que llegase a la puerta de mi casa se hubiese preguntado si soy budista, lo cual hubiese requerido más explicaciones por mi parte. Más palabras huecas que decir. Más ideas tontas que saludar. No. Dejémoslo de esta manera: soy cristiano. Lo soy, leo el evangelio y voy a misa. Además practico la meditación, pero eso no es raro, todos mis compañeros de coro practican algún tipo de meditación: uno visualiza un burro que se aleja cargados con todos sus problemas, otra practica el pensamiento positivo. Otra más, practica el seguimiento de la respiración. ¿Lo ves? Soy normal.

Lo más detestable para un ermitaño es deshacer la red de telarañas que se teje a su alrededor cuando se instala en un lugar cualquiera. Lo mejor es dejar clara desde el principio tu situación. Que la gente no te mire con sospecha cuando pases a su lado. Que encuentres una buena acogida por parte de los paisanos. ¿Estoy en un país de raíces cristianas, siendo yo mismo cristiano de origen? ¿Hay a mi alrededor personas que se consideran cristianas, y forman una coral? Perfecto. Seamos cristianos y disolvámonos en el paisaje, junto con las vacas, los prados y los castaños. Soy uno más de aquí. Uno que pinta y que va a misa los domingos.

viernes, 28 de octubre de 2016

Knock knock knocking...


Vivir en la soledad de una ermita, no tiene nada que ver con la vida bucólica en el campo, que algunos imaginan. Cierto, yo no soy un monje, y no llevo una vida de monje. Soy un upasaka (un laico ordenado). Tengo diez votos, algunos de ellos fáciles de cumplir cuando se vive solo, porque no hay uso de la palabra, y no hay que preocuparse de ellos. Otros son igual de difíciles. Hay uno en concreto, que quisiera destacara aquí, que es el que dice: Resuelvo no tomar sustancias que alteren la mente, ni se causa de que otros lo hagan, sino mantener mi mente clara en todo momento. Este voto incluye las bebidas alcohólicas, por supuesto, y se suele ser indulgente con él. La mayoría de los budistas zen que he conocido, tomaban bebidas alcohólicas, aunque fuese de vez en cuando, y algunos maestros zen han sido famosos por sus borracheras cotidianas. En mi ermita he aprendido que ese voto es muy importante, y ahora que estoy aquí solo, tengo que poner tanto o más cuidado en cumplirlo, que si viviera en el mundo.

Pero vamos a tomar un koan del Hekiganroku, el segundo en concreto. Este voto empieza así:

“Joshu instruyó a la asamblea, diciendo: “El Camino supremo no es difícil: simplemente le disgusta elegir”

Más tarde dice:

“Pero si solo una palabra aparece, es ya una acción de “elegir” o de adherirse a la claridad”.

Ya he hablado en otras ocasiones de este koan, pero quiero volver sobre él, porque tiene su importancia. Joshu habla de que al camino le disgusta elegir, pero no se trata de que no hagamos una elección, cuando esto sea necesario. El koan no va por ahí. Lo que el koan da a entender es que cuando un pensamiento aparece, ya estamos eligiendo. En otras palabras, ya nos estamos saliendo del camino. Por tanto, ¿Cuándo se está en el camino? Solo cuando la mente está en la claridad. Por eso, cuando los pensamientos aparecen, aparentemente habría que dejarlos ir y volver a la claridad. Esa sería la forma de estar en el Camino. Por eso resulta verdaderamente extraño que Joshu añada a continuación:

“El viejo monje no mora en la claridad”

Quizás porque yo ya voy teniendo años también, puedo ver que la cosa no está en quedarse en la claridad, como suele creerse. La idea de que los pensamientos deben dejarse ir, y volver una y otra vez a la claridad de la mente sin pensamientos, quizás sea algo imposible, después de todo. La verdad es que, cuando hago zazen, nunca consigo librarme de los pensamientos por completo. ¿Soy en este punto especialmente lerdo? Lo que se dice constantemente es que cuando se hace zazen, hay que dejar pasar los pensamientos, igual que las nubes pasan por el cielo vacío. Uno sería algo así como el observador de los pensamientos, y por tanto el que los deja ir, sin adherirse a ellos. Pero entonces, surge la pregunta, ¿Quién es el que observa los pensamientos? ¿Existe alguien ahí observándolos? Si así fuese, habría que dejar ir también al observador, pero para ello tendría que haber alguien observando al observador, lo cual complica las cosas en exceso. Al final habría una cadena infinita de observadores de la que librarnos. Imposible. Pero Joshu lo dice de un modo muy claro: El viejo monje no mora en la claridad.

Durante la mayor parte del tiempo que he estado practicando el zen, he hecho zazen con la intención de morar en la claridad, dejando ir los pensamientos, lo cual se convertía en un proceso tan inútil, como agotador. Pero ahora, me encuentro en una situación diferente. En la vida solitaria, el zazen es importante. Tiene su lugar y es un lugar necesario. Generalmente practico cada día tres horas de lo que, sin ser mucho, no es poco. Pero no existe una diferencia tan grande entre zazen y no zazen, cuando se vive solo. De hecho, cuando se está solo, casi todo lo que se hace es como si fuese zazen.

Lo importante realmente, no es el zazen, sino el aquí ahora: Estar en el momento presente. En la vida solitaria, si no se está en el momento presente, la soledad se convierte en agonía. Nada tiene sentido, si uno se sale del momento presente. Uno no se da cuenta de esto, cuando está en el mundo, pero cuando se está en la ermita, el momento presente lo es todo. Y el momento presente no es un momento especial, sino el único momento que existe No hay nada más. Tanto si se está sentado en zazen como si no, el momento presente lo es todo. No se trata de dejar ir los pensamientos, por tanto. Se trata de estar en el aquí ahora constantemente. Y en el aquí ahora hay pensamientos, por supuesto que los hay.

Dejar ir los pensamientos una y otra vez, como es sugerido por muchos que enseñan zen, es algo innecesario. Lo único que importa realmente es estar en el momento presente. Claro, los pensamientos pueden sacarnos del momento presente, y entonces sí, entonces hay que dejarlos ir, para volver al aquí ahora. Pero en el aquí ahora hay también actividad mental. Hay pensamientos. Pretender salirnos del pensamiento es algo inútil. Y además, no se trata de eso. No hay que elegir entre pensamiento o claridad. Si elegimos dejar el pensamiento, para volver a la claridad, ese mismo acto de elegir, nos saca del Camino.

En realidad, todo esto se comprende sin necesidad de darle vueltas a las cosas, viviendo aquí en este lugar solitario. Si fuese solo un retiro temporal, sería muy difícil estar en el aquí ahora, porque en un retiro (salvo que sea un retiro muy largo, de años) la mente está siempre saliéndose del momento presente, pensando en lo que hará cuando termine el retiro. Pero si se elige vivir así, de un modo permanente, de pronto a la mente no le queda alternativa. Vivir como un ermitaño es la mayor condena que puede existir para el ego. Al principio la rebelión es manifiesta, pero cuando pasan los años, uno va dejando ir todo lo que signifique salirse del momento presente. Y al cabo del tiempo, uno aprende a estar de manera natural en el aquí ahora.

En el Evangelio de Tomás, se lee:

Ieoshúa ha dicho: Hay muchos que están de pie a la puerta, pero los solitarios son los que entrarán en la alcoba nupcial.

Desde mi punto de vista, estar de pie, en el evangelio, equivale a estar sentado en el zen. Por tanto, en el zen se diría “hay muchos que están sentados en zazen, pero los solitarios son los que entrarán en la alcoba nupcial”. ¿Estar sentados de qué manera? Eso no tiene importancia, pero existen tres maneras de orar, según el evangelio (orar es el equivalente cristiano de meditar, y significa exactamente lo mismo) En el evangelio de Lucas, cuando los discípulos le preguntan a Jesús, que les enseñe a orar, este responde:

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”

Estas son pues las tres formas básicas de la meditación cristiana. Pedid y se os dará, viene a ser la oración de Jesús, entre otras, en la que se pide constantemente “ten piedad de mí”. Es la oración repetitiva en que se pide una y otra vez. El zazen no entra en este tipo. El zazen entra sobre todo el tipo de oración en que se busca. Por eso se utilizan los koans, donde uno busca una solución al mismo, y la solución solo puede venir de la mano del Espíritu (en el budismo zen no se habla del Espíritu, evidentemente). La solución es entrar en la naturaleza de buda, en lenguaje budista, o llenarse del Espíritu Santo, en lenguaje cristiano.

Otra forma de zazen, es llamar. En esta forma entraría el método del shikantaza o el de seguir la respiración. Ambas son formas de meditación-oración, en que se está ahí quieto sin hacer nada, y sin esperar nada, pero llamando a las puertas del cielo. Pero incluso la práctica del koan Mu (y otros similares), entra en este tipo de zazen. Quizás sea el método más difícil de todos. Llamar no es estar simplemente a las puertas, (sentado o de pie), sino realizar un acto voluntario de querer entrar. Pero las puertas están firmemente cerradas, y se está allí llamando y llamando, deseando que se abran.

Las puertas están cerradas durante el tiempo que haga falta hasta que la decisión de entrar se complete. No se puede esperar que las puertas se abran antes de tiempo. La decisión tiene que ser firme y sin reparos. Hay que pasar un tiempo a la puerta, solo, demostrando que verdaderamente se quiere entrar, porque si no fuese así, cuando las puertas se abriesen podríamos cambiar de opinión fácilmente. La decisión tiene que llegar al punto en que no hay vuelta atrás. Por eso puede pasar mucho tiempo antes de que las puertas se abran de par en par.

Porque cuando lo hagan, ya no podremos volvernos atrás. Y hay que decir que la decisión de entrar acarrea el compromiso total de dejar atrás todo lo que uno ha sido hasta ese momento. Cuando las puertas se abran y entremos, veremos cara a cara nuestro rostro original y desapareceremos en él totalmente. Es una decisión que hay que madurar lentamente y sin prisa, como una flor que se abre de manera natural. No es una decisión tomada simplemente desde la voluntad del ego, que es una voluntad caprichosa y pasajera. Es una decisión que no admite medias tintas. Por eso, si pasas un tiempo (el que sea) ante las puertas, llamando y llamando, sin que se abran, no pienses que las puertas no quieren abrirse. Es que no estás preparado para entrar todavía.

Y mientras esperas a la puerta, tendrás que soportar el frío y las tinieblas de la noche. No hay más remedio. Así estuvo el segundo patriarca chino, una noche entera llamando a la puerta de Bodhidharma, sin que este le dejase entrar, con la nieve llegándole a las rodillas. Bodhidharma le tuvo así toda la noche, dejando que madurase en él la decisión de querer llegar al fondo de la cuestión. Solo cuando su decisión fue firme, Bodhidharma le dejó entrar y permitió que le preguntase.

- La mente de tu discípulo no está en paz, te lo ruego maestro pacifícala.

- Trae aquí tu mente y te la pacificaré.

- La he buscado y no he podido hallarla.

- Ya te la he pacificado.

Eso es lo que nos espera a todos. Quedar con la mente pacificada y poder ser nosotros mismos. Para eso estamos aquí solos, llamando a las puertas del cielo.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Fe


Quizás te preguntes, ¿qué es lo que yo hago por los demás, aquí en este lugar solitario, sin más relación con otros que la de ir a cantar en las iglesias contiguas, en un coro, y ensayar con ellos de vez en cuando? ¿Es esa la actividad de una persona iluminada? Hay personas que se iluminan y se convierten en guías para otros (algunos, para grandes masas de personas) Ahí tenemos el caso reciente de Eckhart Tolle, por ejemplo, que ha vendido diez millones de libros, y pone vídeos de sus conferencias y cursos, en YouTube (cursos que valen fortunas, todo hay que decirlo). ¿Es eso lo que yo debería hacer? Me pregunto.
No creo que yo sea una persona adecuada para dar cursos, y no se me pasa por la imaginación organizar ninguno. Pero es que además, yo no soy un maestro zen (ni siquiera con "m" minúscula) Lo he dicho muchas veces por escrito, y lo repito: no lo soy. Y más importante todavía: no me siento llamado a realizar ese tipo de actividades. Además, ¿Qué es lo que podría enseñar? Yo no sé nada que pueda ser enseñado. Bueno, podría enseñar ciertas cosas como aprender a sentarse a meditar, pero eso lo enseña demasiada gente ya, y no es necesario que lo haga yo. Lo importante viene después, sin embargo.

Hay un evangelio que yo leo a menudo, y que me ha dado una visión de Jesucristo, completamente distinta a la que se obtiene leyendo los cuatro evangelios sinópticos (los que se leen en las misas). Se trata de un evangelio apócrifo, el evangelio de Tomás. En ese evangelio, está escrito esto:

Ieoshúa ha dicho: Lo que escucharás en tu oído, proclámalo desde tus techos a otros oídos.

Pero yo me pregunto, ¿cómo proclamar desde los techos algo que no puede ponerse en palabras? En el libro anterior hablé de una persona que, tras tener una experiencia profunda de iluminación, trató de proclamarla a los que estaban a su alrededor, pero no consiguió nada. Solo sentirse incomprendido, ignorado y hasta humillado. No creo que ese sea el camino, a menos que uno lo vea muy claro. Jesús debió tenerlo muy claro, pues apenas experimentó la iluminación (bueno, en ningunos de los evangelios se le da ese nombre) regresó al mundo y se puso a enseñar (también curar y otras cosas) Si alguien hiciese lo que hizo Jesús, en nuestros tiempos (al menos en esta parte del mundo), sin duda sería tomado por loco.

"El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios   está cerca.   Convertíos y creed en la Buena Noticia".

De esta manera se presentaba Jesús, según el evangelio, ante sus contemporáneos. Lo que decía es completamente claro y directo, aunque con palabras poco usuales hoy en día. El Reino de Dios… ¿qué es el Reino de Dios? El Reino de Dios es lo que aparece cuando alcanzas la experiencia del despertar. Un antiguo maestro de Zen, lo puso casi con las mismas palabras: “La tierra pura no está lejos”. El tiempo se ha cumplido, es como decir, “nos hemos liberado de esa falacia llamada tiempo. Estamos en el ahora”.

En cuanto a la palabra convertíos, yo creo que no tiene en absoluto el significado que hoy se le da. Teniendo en cuenta que viene del latín, conversus, su significado literal es “ir hacia dentro”. En una palabra, les está diciendo que se vuelvan hacia su interior, y no sigan los dictados de su mente. Otro tanto se puede decir de la última frase “creed en la buena noticia”  Si se trata únicamente de un ejercicio mental, creer carece de valor. Con toda seguridad, la palabra creer se refiere a tener fe. Pero la fe no es una mera creencia, es mucho más.

¿Qué puede decirse de la palabra “creer”, que tanta importancia le dan todas las iglesias? Si creer significa realizar el acto voluntario de aceptar como cierto, aquello que otros nos dicen, basándose en una supuesta autoridad recibida de lo alto, entonces se trata de algo hueco y sin valor. Yo, personalmente, me inclino por pensar que lo que dijo Jesús no fue “creed en la buena noticia”, sino “experimentad la buena noticia”. Hay que pensar que los evangelios fueron escritos muchas decenas de años (más de un siglo, algunos de ellos) después de la muerte de Jesús, y fueron escritos por personas que no le habían conocido directamente.

Es de suponer que tomaron las palabras de otros, que sí le conocieron en persona, y que las transcribieron (naturalmente ya existe un filtro, pues lo que una persona dice que oyó, no siempre es lo que el otro dijo) Después, esas palabras fueron copiadas muchas veces, y aquellos que lo hacían debieron poner y quitar cosas, de acuerdo a su parecer. Y luego está el asunto de las traducciones a lenguas muy distintas. Y así llegan a nuestros días, de una forma que no es posible entender en gran medida. Jesús debió decir algo similar a “practicad y experimentad la buena noticia”, es decir, practicad y alcanzad la iluminación.

En cuanto a Buda, cuando se levantó del asiento y salió hacia los demás, no fue tan directo, según parece. Fueron otros quienes se acercaron a él a preguntarle, y solo después de esto Buda comenzó a predicar (hacer girar la rueda del dharma). Tampoco los Maestros Zen fueron muy proclives a decir a los demás lo que debían hacer. Tomemos a Bodhidharma, el primer Patriarca, cuando llegó a China, y fue interrogado por el emperador de uno de sus reinos:

“¿Cuál es el significado más elevado de la realidad sagrada?” Bodhidharma contestó, “Clara y vacía, no sagrada”. El emperador dijo, “¿Quién eres tú, el que está frente a mí?” Bodhidharma dijo “No sé”. El emperador no comprendió Finalmente, Bodhidharma cruzó el río Yangtse y se fue al reino de Gi.
(Este es el primer caso del Hekiganroku)

La actitud de Bodhidharma ha sido para mí durante muchos años un ejemplo a seguir. No solo no hablar de zen, sino responder de un modo directo y sin adornos, a las preguntas que puedan llegar de otros. Es evidente que hablar de zen es algo inútil. Incluso escribir de zen en foros o en blogs, es algo completamente absurdo. Y sin embargo, guardar la “buena noticia” como un candil debajo de la cama (por usar una de las parábolas de Jesús) no es lo correcto. Pero un candil no alumbra como el sol, sino que da solo un poco de luz. Así deseo que sean mis libros, como pequeños candiles, que alumbren al que se acerque a leer, y nada más. No querría que mis libros se convirtiesen en best sellers. Sería lo peor que podría pasarme. Si he de elegir, elijo  seguir siendo un desconocido viviendo en su casa del bosque. Pero, con todo, no elijo.

Volviendo al tema principal: si no se trata de creer, ¿de qué se trata entonces? De saber. De eso se trata. Hasta que no sepas por ti mismo, no deberías dejar de buscar. No importa como busques, y donde busques. ¡Busca! Pero busca siempre en el mismo sitio. Si has de cavar un pozo, da igual donde lo hagas, pero hazlo siempre en el mismo sitio. No caves un mes aquí, y otro mes un poco más allá. El agua está abajo, no hagas esfuerzos inútiles, cambiando constantemente de sitio. No cambies tampoco de escuela, de método o de maestro. Si elijes el zen, haz solo zen. Aprende como hacer zazen, y ponlo en práctica. Si decides recitar mantras, recita siempre el mismo mantra. Y si es la oración de Jesús, haz solo la oración de Jesús. No te recomiendo que mezcles.

Hasta que decidas cuál es tu método, es normal que hagas una búsqueda por las distintas tradiciones a tu alcance. Es normal probar cosas como el yoga, el budismo tibetano o el zen. En el cristianismo, la cosa en más complicada. Debería ser más sencillo para los que vivimos en países de cultura cristiana (católica, en mi caso), pero encontrar donde aprender a orar, tal y como enseñaba Teresa de Jesús, por ejemplo, casi nadie sabe dónde puede hacerse. Extraño que uno tenga que ir a encontrar formas de meditar que vienen del extremo oriente, y que no pueda aprender su equivalente occidental, que es la oración contemplativa. Ciertamente nadie sabe dónde aprender una cosa así, y eso es algo que uno no puede aprender por sí mismo. La base tiene que ser enseñada por alguien (un maestro). Por tanto, la oración contemplativa queda fuera de nuestro alcance.

De todo cuanto conozco, el zen es el camino más apropiado para una persona en occidente, que busque conocer la buena noticia (iluminación o satori, se le llama allí) Existen maestros de zen (con minúsculas) en casi todas las ciudades importantes, hoy en día. Cual elijas para empezar, poco importa. Se trata de aprender un método (no me gusta llamarlo técnica) Aunque hay libros que pueden servir también. La forma de sentarse, es importante en el zen, pero tampoco hay que exagerar. Puedes aprender por ti mismo, aunque evidentemente resultará algo más complicado.

Pero el zazen no es ni siquiera lo más importante. Realmente, lo importante es llegar a encontrar el agua dentro de ti. Ahí, me temo, que no podrás llegar sin la ayuda de un maestro. No cualquier maestro sabe llevar a encontrar el agua del espíritu, porque no todos han llegado a ella. El satori no es algo a lo que generalmente se llega sin una ayuda. Pero hoy empieza a ser posible encontrar esa ayuda (como todo) también por Internet. Yo no me lo creía, hasta que lo he visto por mí mismo. Una persona en concreto se ha puesto en contacto conmigo, y veo que la guía a través de un ordenador (en incluso un teléfono móvil) es posible. No sé cómo, pero funciona. Cuando hablamos de satori, este puede ocurrir de muchas maneras, a veces incluso sin maestro alguno (quizás no un gran satori, pero sí una apertura)

El satori, como he dicho antes, parece irse al poco tiempo. Pues bien, la fe es lo que queda cuando la experiencia del satori desaparece. Por eso el satori es algo que debe experimentarse al menos una vez en la vida. Sin verdadero satori, no hay fe. Yo leo en ocasiones cosas escritas por gente que practica zazen siguiendo esa tendencia hoy tan extendida de que el zazen mismo es satori. Practican el shikantaza, el método que Dogen enseñó al parecer en su tiempo, y que ciertas escuelas contemporáneas practican  de un modo incorrecto. Se sientan rígidamente e intentan mantenerse quietos el mayor tiempo posible. Pretenden no pensar, como si el no pensar fuese la panacea universal. Pero por más que lo intentan, no consiguen que sus pensamientos se detengan. No es eso de lo que se trata. De esa manera, jamás obtendrán la experiencia de la naturaleza esencial, el satori.

La búsqueda del satori, es como la búsqueda de agua cuando se tiene sed. No hay nada que pueda sustituirla. Si no encontramos agua, seguiremos buscándola hasta dar con una fuente. O cavaremos un pozo hasta dar con ella. Quedarnos quietos sobre un cojín, simplemente, no digo que no sea un método correcto, pero seguramente no te llevará a encontrar el agua de manera rápida, y pocos tienen la motivación suficiente para llevar esa práctica de un modo regular, si no alcanzan al menos un pequeño despertar. Ya expliqué en otro libro como practicar el zazen, y no hace falta repetirlo. Pero el zazen, insisto, es solo una ayuda. Lo verdaderamente importante, no es cómo te sientes, sino lo que pasa cuando estás sentado. Hablaremos sobre esto, en otros capítulos, aunque ya haya dicho mucho en libros anteriores.